Una viva olvidada*

A esa gran intelectual que ha dado Cuba los burócratas de la cultura se han limitado a darle una limosna

Blanca Acosta Rabassa, St. Louis, MO | 12/03/2013 9:33 am

Nunca olvidaré aquel lejano día. Yo era adolescente aún, sentada en un aula universitaria y entró a darnos una clase de Literatura General una impresionante presencia, una mujer alta, fuerte, con un gran parecido a Laureen Bacall. Se sentó en el buró, encendió un cigarro (aún se podía) y con un acento oriental me embarcó en una aventura que aún no ha terminado.

Aquel día sólo me hipnotizó el modo en que nos enseñaba, de verdad, qué cosa es literatura. Tuve oportunidad más tarde de descubrir su erudición imposible; es una erudita del teatro isabelino, pero también conoce a fondo la literatura toda.

Muchas generaciones de intelectuales cubanos le debemos el haber aprendido a leer.

Siempre me tuvo por una de sus estudiantes estrellas, y yo le insistía que yo no era más que lo que ella había formado.

Después seguí descubriendo rasgos de su personalidad. Podía ser ríspida; a una estudiante bien obtusa le dijo: “X, esa cabecita tan linda que tienes, ¿solo sirve de adorno?” Era peligrosamente despistada; un día en medio de una clase dijo “¡ay!” de pronto, salió disparada y no volvió… Después nos aclaró que se había acordado de que había dejado el calentador puesto (ya en aquellos tiempos el agua escaseaba y un calentador sin agua corriente es una bomba). Otro día me relató, por entonces ya éramos íntimas amigas que nos conocíamos todos los secretos y nos ayudábamos (más, pobrecita, podía ayudarla yo[i]), que recién graduada de Wellesley College[ii] en Boston y esperando para entrar en una universidad a la altura de Wellesley, se contrató como secretaría bilingüe. El jefe estaba maravillado con aquella muchacha inteligente… hasta que le pidió una copia de una carta.

“¿Pero había que hacer copias?”

Hasta ese día le llegó el empleo.

Fue una gran atleta, campeona de tiro de jabalina.

Era brillante, aguda pero es una de las personas con más poco sentido común que he conocido. Me contó que había recibido una herencia. Ese mismo día se montó en un tren hacia la Habana. Todo el mundo en su natal Santiago pensó que se había ido a tomar unas vacaciones a la capital y recoger la herencia… a los tres días estaba de vuelta. En dos días, en aquella tienda digna de 5ta Avenida en Manhattan que era El Encanto, había gastado la herencia comprándoles regalos a todo el mundo; incluso me enseñó una bata de casa que aún usaba.

Para volver a lo que le debo, me tomó de la manó y me enseño a ser una profesional de la literatura; en aquellas lejanas y maravillosas tardes de café, cigarrillos y ron nos ocupábamos, además, de disquisiciones que he de callar.

(…) Se fue envejeciendo, los tiempos se hicieron muy duros y ella era incapaz por edad y falta de sentido práctico de enfrentarlos.

A esa gran intelectual que ha dado Cuba le dieron la limosna, un vergonzante exdiscípulo de ella, una “jabita” con tres chucherías (…)

Me cuentan que ha perdido la razón, de sufrimiento, uno tras otro, que yo se los conozco todos.

Y yo quiero decir ante el mundo cuanto amo y admiro a mi profesora, amiga, y sobre todo mentora, la Dra. Beatriz Maggi.

También los vivos caen en el olvido totalitario.

 

[i] Para vergüenza de los burócratas de la cultura tuve yo que buscar una tela y llevarla corriendo a mi costurera. Le iban a dar una distinción en el Aula Magna y no tenía ropa que ponerse.

[ii] Durante una estancia mía en Boston visité el college y aún está en los archivos de las estudiantes destacadas.

NOTA: Este texto ha sido editado por Gina Picart

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DOSSIER SOBRE BEATRIZ MAGGI PUBLICADO EN LA GACETA DE CUBA

 Beatriz Maggi y los usos de la palabra

 Gaceta de Cuba

Hay profesores que logran constitUirse en leyenda, Pervivir en la memoria de los estudiantes, por razones de muy diversa índole, más allá de los márgenes del aula, del brevísimo tiempo de una clase. La de Beatriz Maggi es una de las más persistentes en los salones y pasillos de la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana (antes, Escuela de Letras y Arte), e, incluso, en el recuerdo de quienes recibieron sus clases en el Instituto Preuniversitario “Raúl Cepero Bonilla” de los primeros años 60. Su leyenda se basa en su singular manera de relacionarse con los alumnos y, sobre todo, en su entrega apasionada, entrañable, al conocimiento de la Literatura, en su mirada escrutadora, implacable, desenfadada, y en su excepcional capacidad para enseñar a leer: tal vez la principal, única tarea que pueda pedírsele a quien enseña Letras. Ese mito alimentado por la extraordinaria profesora que es Beatriz Maggi en ocasiones ha ocultado la otra cara de una misma moneda: su rigor, su lucidez como ensayista. Y es difícil, acaso inútil, separar la una de la otra: lo impartido en clases es, claramente, el resultado de acuciosas lecturas, de ensayos tal vez aún no escritos pero ya prefigurados; la prosa de esos ensayos en poco se diferencia del verbo con que ha incendiado sus clases.

En este dossier con que La Gaceta de Cuba rinde homenaje a su fructífera vida, la ensayista Josefina Suárez ha reunido un conjunto de trabajos en los que ambas facetas cobran especial y justo relieve: una admirada y admirable carta de Fina García Marruz, y textos de varios de quienes fueron sus alumnos o colegas, como Denia García Ronda, Lina de Feria, Luis Álvarez Álvarez, Gina Picart, se detienen en sus ensayos o recuerdan los luminosos días en que recibieron clases de “la Maggi”. A ello se añade su ensayo inédito “Algunos usos de la palabra”, del que partimos para titular este conjunto.

Carta de Fina García Marruz

 La Habana, febrero 25, 1998

 La Gaceta de Cuba

Querida Beatriz Maggi, admirada amiga:

Estoy sencillamente sorprendida (aunque no debía ya ser sorpresa, comprobar cuán hondamente recibes la poesía) de tu personalísima recepción de la Dickinson, tu magistral ensayo. Qué distinta tu lectura y versión de la figura de la que nos ha dejado la crítica (aunque no la conozco toda, ni siquiera en parte), la imagen, más bien, que ha ido dejando, en forma tan confusa como dibujada, de la poetisa de provincias, la menuda doncella puritana de Amherst, de cuya vida, como dice Conrad Aiken en el prólogo a sus poemas, “We know little”, aunque ese conocer poco, “pequeño”, contribuya a seguirla así dibujando, a sus poemas breves, casi quisquillosos, advertidos de no decir una palabra de más, cuyo “I do not go from home” fue su peculiar manera de abrirse al universo.

Y no que esa imagen no sea también veraz, pero confieso que por lo poco que he leído de ella, en mi escaso inglés, la sentía más cerca de la Vieja Inglaterra que de la Nueva England americana en que nació. Y la primera sorpresa de tu ensayo es que puedes hacer, gracias a tu cabal conocimiento de un instrumento de precisión tan indispensable como es el escucharle los adentros –y no sólo los significados– a su propio idioma, que la figura acaso algo “modosita”, que otros nos entregan, sea rebasada, a través de tu lectura y su lectura, por esa bien otra impresión en que se siente, por el contrario, la huella de “un águila”. ¡Qué norteamericana nos la devuelves! Es su lado, ya no puritano, sino acometedor, que te atreves en algún momento, a llamar incluso “yanki”, su “pasmosa vertiginosidad”, sus “grandes zancadas por el cosmos” como gigante que pisara en staccato, por fortuna, de modo tan lejano a lo que llamara Martí, en excepcional y cruda página sobre los Estados Unidos, su “brutal política de acometimiento”, ya que con la misma velocidad con la que recorre años luz en un instante, como bien dices, a un tiempo que lo ocupa, “se retira del espacio”, dejando la página temblando como el blanco por el que ya ha pasado la velocidad de una flecha.

Flecha del Eros, que da vida al atravesar el hecho que deja estremecido. De pronto, animada por tu ensayo a releerla, veo cómo, hasta a veces, puede recordar, con sus imprecaciones a lo mudo, con sus mayúsculas que a veces suprimen y tú tan acertadamente valoras, tan poco dispuestas a dejar pasar, gramaticalmente inadvertidas, la importancia musical de un objeto, de una posición, de un simple arbusto, o la individualidad misma de un concepto general, que puede ser “the spirit” o “the dust”, en sus vertiginosas equivalencias, en su parecerse y oponerse, o the “Simple Days” –“Ardilla, eclipse, el moscardón”–, como puede recordar, con sus verbos imperativos “say, sea, take me!”) casi whitmanianos, al que es casi su antítesis. ¡Qué norteamericana la pequeña puritana a la inglesa, con su amor emersoniano a la Nature, que a su buen y candoroso crítico, Higginson, le aclara lo poco que necesita su consejo de “demórese en publicar”, “tan ajeno a mi pensamiento como el firmamento a una aleta de pescado” –asociación ya tan suya, tan poco “ajena” a éste su modo de relacionar un cangrejo con el universo– advirtiéndole además que, de perseguir la notoriedad, “dejaría de tener la aprobación de mi perro”.

Y es que tampoco hay en esto un aristocratismo a la inglesa, desdeñoso del “público” común, ya que lo hace siempre so “graciously”, ya que, a diferencia de la idea común que se tiene de lo aristocrático como indiferente o distante de lo –no– pueblo, lo que lo es verdaderamente es fluido, natural, atento, compasivo.

Por eso me ha parecido acertado que las relaciones con James, ya que la inolvidable Isabel Archer de su Retrato de una dama representa justamente esto, la nobleza natural americana, no aprendida, no fruto de una educación, fresca como una manzana, esa distinta “distinción”, que puede darse en cualquier clase, y se da, y que siempre para el americano –del norte o sur, porque ésta es quizás la única afinidad– es la que sólo reconoce y respeta, y representa. Los “mejores”, los “aristos”, lo que llamara Juan Ramón, para distinguirla de la dinástica, la “aristocracia de intemperie”, en su tan mal entendida alusión y dedicatoria a “la inmensa minoría”.

Lo que has captado, Beatriz, con puntería certera, son sus sorprendentes equivalencias de lo no-equivalente, sus “magnitudes inconmensurables”, en que lo pequeño se abisma en lo inmenso y lo inmenso se vuelve casi doméstico, de puro familiar, sin caídas en lo banal intrascendente.

“En ella son iguales y están juntos el infinito y el punto, el minuto y el eón, la armonía y el silencio”. “Muerte e inmortalidad”.

Y cómo, sí, las tutea!” “Eternity, I’m coming, Sir!” “Me parece que ya te había visto antes”, le dice.

Estas analogías, tan emersonianas como martianas, están hechas de una misma materia, un grano de trigo y una estrella, sin olvidar que sin escala jerárquica, no hay música total, verdadera, y no se confunde, aunque “contiguas”, esas palabras que emergen como aves azul cobalto del fondo azul celeste o marino en que trazan su vuelo.

Convertir el juicio crítico en equivalente imagen, es fortuna que sólo alcanzan un Charles du Bos en Francia, o entre nosotros, un Lezama, un Martí. Yo te felicito por traducir sus “descomunales elipsis” en esa final imagen de “una mujer menuda”, “sentada a una mesa”, pero en cuyo hombro izquierdo revolotean los “cálamos y barbillas del ala gigantesca de un albatros”. Tanto, como que, con más travesura, a la vez abras tus signos de admiración con “¡Qué tenso el arco! ¡Qué certera la flecha, qué taimado y repentino ese esguince final!”

Bravo, Beatriz, ¡Y buen año!

Fina

P.d. Te extrañará que –no teniendo yo afición por tan modesta extravagancia– te pida que leas mi carta empezando por la post-data. Sucedió que abrí tu libro por tu trabajo sobre Emily Dickinson, y tanto me gustó que quise contestarte enseguida, para no olvidar la impresión primera, y al hacerlo, me extendí más de lo conveniente y decidí no completarla con los otros ensayos, amparándome en que –por lo que disfruté el primero, supusieses cuánto tuve que disfrutar los restantes. Ya conocía lo que escribiste sobre Ezequiel, como creo haberte dicho, previsiblemente lo más agudo y entrañable de su homenaje, palabras que bajo su aparente “objetividad”, o acaso por ella –según su propia preferencia– dejan una lección insustituible para el conocimiento, no ya de su persona, sino de su obra misma y su último sentido. Especialmente disfruté su distinción entre lo “ambivalente”, lo “ambiguo”, que me recordó un excelente ensayo de Luis Rosales sobre la “ambigüedad” del Quijote, donde Cervantes prefiere dudar de si es “Quijote” o “Quijano”, apelando continuamente a la imprecisión debeladora de “lo ambiguo”.

Pero al decidirme a escribirte así la carta, incompleta y todo, abrí de nuevo tu libro y me leí completo tu “Falstaff y Sancho Panza”.

Y he aquí que me maravilló el ensayo, incluso más que el de tu Emily. De entrada, vi que tu acercamiento al texto mucho se acercaba a nuestro propio sentir también, más que de “críticos”, siquiera sea amorosos, a su simple preciarse de “leer con candor”, de comunicar esta emoción primera, más que “ingenua”, imantada acaso en mayor medida, a no se sabe si una interna o extensa suya o nuestra comunicadora transparencia. El recibir tu ensayo también así, acaso explique o disculpe que, como ves, me comí palabras intermedias que tuve que intercalar antes de enviártela, en vez de pasarlas, como acaso debí, a una copia más nítida y menos impulsiva. Sé que lo entenderás, captadora como eres de otras más sutiles y emocionantes elipsis –hables de Sancho o textos de la Dickinson.

Pero acaso la mayor afinidad con nuestro propio sentir el texto de Cervantes la encuentre en tu partir del habla –“la voz de la escritura” que anuncias ya en el título– y que en el caso de Sancho –del que dices las cosas más hondas y entrañables que haya yo leído, de este Sancho, al decir de Gastón, “basto por fuera y fi no por dentro”, habitualmente tan encasillado en la antítesis de “realismo versus idealismo”, tan simplificadora como inevitable.

Comparto tu sentimiento de que algo esencial se pierde cuando se intenta pasar a imagen de cine o teatro su fi gura. Recuerdo que al hacer una pedida crítica al fi lm de Cantinfl as Don Quijote cabalga de nuevo para Cine Cubano “me sorprendió que fuera su versión superior incluso a la del actor que acompañó a Chervasov en el extraordinario Don Quijote ruso”, superior al español (en el cine), explicándomelo en el hecho de que lo hilarante de los episodios no estaba en la acción sino en el lenguaje: es por eso que el cine no podrá trasmitirlo. Lo que sólo se siente en la cordura y revuelo que refleja Cervantes en su almada sintaxis. Pero siendo Cantinfl as un creador de lenguaje, en cuyo aparente “hablar sin sentido” –el “cantinflear” del diccionario– se expresa cabalmente el habla rota del “pelado” y la burla del lenguaje leguleyo que lo margina más que defiende, resultaba su personaje y su “habla” un equivalente mejor del lenguaje de Sancho, al que ni siquiera necesitó físicamente imitar. Y me encuentro, en tu excepcional ensayo, al fi n esta detención en ese lenguaje, en esa “imitación del alma” que desciende hacia “el tuétano del habla española” –lo que es más hondo y verdadero– y a ese honor que nunca pierde –como Falstaff al perder el favor cortesano– sino que dialoga con todo hombre como con su igual, sin dejar de ocupar su puesto secundario, ni su coincidencia última entre “el ser que se quiere ser” y el que “se está siendo”. De pronto, intervienes –como nos pasa a todos– en sus diálogos, el lector no queda fuera sino ama y sufre y ríe con ellos, y te aseguro que aunque afirmes que luchas inútilmente por apresar “el enigma del milagro cervantino”, no podrías decirlo mejor que con lo que llamas, en el lenguaje de Sancho, “imitación del alma”, y cómo la ironía cervantina –que no es la fría ironía sajona– pudo “arropar” en su “descomunal socarra” tan “tenue velo de dulzura, tan tibio claroscuro, tan suave relente”, acaso porque el “milagro” o “misterio” es lo que queda también dulcemente “arropado” al revelarse sin que su claridad usurpe la cariñosa sombra. Coincidimos en la preferencia por ese pasaje de Clavileño que quisimos diese nombre a nuestra pequeña revista, pasaje realmente tan delicioso como insondable, en que esta alma española esplende como en pocos. Cuánto amor compartimos a este “tuétano español”, “libérrimo” en su misma obligada sujeción, móvil en su estatismo y a este Sancho que a diferencia del lastimoso final de Falstaff, jamás el deshonor derriba, más que criatura de la historia, “criatura de Dios”.

Gracias, Beatriz, por este hondo regalo,

Fina

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 La crítica y el diálogo insomne

Luis Álvarez Álvarez

En distintas épocas de la cultura euroccidental, ha habido, aquí y allá, ominosos intentos de establecer la crítica literaria como texto regido por parámetros preestablecidos: más de una vez se ha levantado el espejismo que quiere que la lectura axiológica fluya por un único cauce. Así, a fines del siglo xix, el positivismo procuró sentar sus reales también en los estudios filológicos, y diseñó una verdadera orquestación de precisiones, influencias y puntos de vista valorativos… cuyo resultado más frecuente fue un prodigioso monumento al sociologismo vulgar, mero trenzado de supuestas influencias de ambiente y biografía.

Fue esa crítica positivista la primera en proclamar que sus métodos –o lo que entendía por tales la posición de escuela– eran los únicos viables y, por tanto, científicos.

Es interesante notar que, en la época en que tales cepos axiológicos iban siendo diseñados, Martí se enfrentaba, en la memorable polémica del Liceo de Guanabacoa, a todo reduccionismo positivista, tanto en la creación como en la valoración de la obra literaria.

El Apóstol defendió, a lo largo de su obra y en todas sus reflexiones sobre la crítica, la importancia equipolente de la objetividad y la proyección creativa –a la vez ética, sensible y estética– del ejercicio crítico.

Frente a la postura martiana, otros intelectuales cubanos, menos avizores en cuanto a los riesgos y falacias de la crítica positivista, no dejaron de prevenir, bien que en tono menos acerado, sobre la necesidad de evitar el dogmatismo en la crítica. Así, por ejemplo, Manuel Sanguily –terciando, en 1889, en una confrontación de ideas semejante, en la que también intervino Aurelio Mitjáns– percibió los riesgos de la absolutización del enfoque cientificista que estaba emanando de las ideas estéticas de Taine y Guyau, entre otros, y marcando la incipiente crítica literaria cubana. Admite, por una parte, como válidas determinadas nociones que habían sido subrayadas por la crítica positivista sobre aspectos que es necesario atender al valorar la obra literaria, como cuando señala:

Serían incomprensibles sin el conocimiento del autor, de su espíritu; y el espíritu del autor no se explica sin el conocimiento de su familia y raza, sin la biografía, la herencia, la constitución personal; pero el autor, que vino al mundo con ciertas predisposiciones intelectuales y sicológicas, recibe desde la cuna constantes y variadísimas influencias, de la casa, de los amigos, de las opiniones y caracteres de aquélla y éstos, de la situación pública, directamente o por intermediarios, y luego del colegio, de sus maestros y compañeros, de los libros, de las doctrinas y creencias que en ellos corren o que le envuelven doquier, dejando retazos, filamentos perdidos que caen en su espíritu y van tejiendo su centón barroco.1

Sin embargo, Sanguily percibe más allá de tales factores. Mientras la aspiración del ritu positivismo crítico era la disección en componentes, Sanguily denuncia el componente reduccionista de tal proceder:

Esta crítica es, a mi juicio, incompleta y está, a más de ello, expuesta a pecar por arbitraria. Separar es abstraer, producir entes de razón, mutilar la realidad adulterándola de paso. Juzgar por tal procedimiento exclusivo es perder de vista la obra entera en su unidad íntima y particular, sustituyendo a lo que ella es o significa meras abstracciones que dependen de la organización peculiar de un cerebro, esto es, realizar una obra personal, accidental y variable.2

Es fascinante cómo Sanguily también rompe lanzas –como lo hizo reiteradamente Martí– a favor del sentido de creatividad de la crítica, y de la participación activa del lector: “Pero un libro no solamente implica su entidad como producto, y su autor como productor. El ciclo de su destino se completa con el leyente, con el consumidor […] Un hombre –sea crítico o artista– es un temperamento que actúa siempre y respecto a toda cosa en condiciones especiales”.3

Hay, en ese momento de debate sobre la crítica literaria en el siglo xix –en la posición de Martí y en la de Sanguily–, tanto la expresión del buen sentido intelectual criollo en dos de sus manifestaciones entrañables, como la indicación de ciertos avatares que habrían de reiterarse en la axiología literaria cubana. En la década del 70 del siglo xx, volvería a manifestarse una ansiedad por un cientificismo a ultranza en la crítica literaria, que en una primera fase habría de concretarse por la vía de enfoques marxistas que, en ocasiones –y en lo más transitorio de una evolución de los estudios literarios entre los cuales hubo, ciertamente, aportes muy destacados y perdurables–, dieron lugar a estudios que no fueron sino armazón epidérmica de citas de los más variados textos filosóficos, de economía política y de historia –incluso si no venían a cuento con el análisis emprendido en un proceso crítico específico–, mientras que, luego, sin cambiar realmente de actitud –la intención de que la crítica funcionase desde una aséptica metodología–, habría de transmutarse en referencias asimismo superficiales a posturas estructuralistas, sociocríticas o ligadas a diversas posiciones y métodos.

En el agrisado contexto de esa década de obsesión metodologizante, algunos críticos procuraban defender el perfil altamente creativo de la crítica. Entre ellos, la labor de Beatriz Maggi resulta fundamental, tanto desde su cátedra excepcional en la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana, como desde su personal ejercicio de la crítica. Me interesa, en estas breves páginas, examinar lo específico de su manera de encarar la recensión literaria.

En primer término, habría que indicar que Beatriz Maggi supo permanecer inmune a la ansiedad metodologizante que se puso tan fuertemente de relieve de los años 70 en adelante.

Me refiero a la angustia por adoptar un tono específico, más que a la utilización de determinadas perspectivas. A lo largo de sus diversos ensayos, esta autora ha concedido relevancia ante todo a la interrelación con la obra misma, y nunca a los instrumentos empleados para conformar su criterio. Por otra parte, su estilo exhibe una marca especial de expresión, en la cual la voz axiológica se atreve con las más variadas tesituras, y lo mismo desarrolla pasajes de elevado tono académico, que se permite el estallido de una frase perteneciente a lo más característico de la formación funcional estilística del español popular en Cuba. Multiforme, rabiosamente muscular, proteica –tanto en el sentido de capacidad transformativa de amplio dinamismo, como en el de sustancia basal sobre la cual se sostienen como edificio inabarcable impresiones, juicios lógicos, intercambio con el autor e incitaciones al lector–, su prosa crítica resulta de una especial singularidad, que no se deriva solamente del modo en que se diseña la palabra, sino, sobre todo, de la manera específica en que se organiza todo el discurso crítico, cuya esencia parte del diálogo, a través del cual Beatriz Maggi apela –en el sentido de la función jakobsoniana–, tanto al lector como al escritor estudiado en cada ensayo. Véase, en el siguiente pasaje de su valoración de El rojo y el negro, el modo en que irrumpe el punto de vista especialísimo de la ensayista en cuanto a la crítica como interrelación:

Esto que el ficticio viajero ideado por Stendhal está atisbando con su espejo en el rostro de ella, ¿va a darnos idea de que ella está inclinándose hacia él, ¡y no va a decirnos igualmente lo que a este adolescente va a afectarle un trato semejante!? ¿Con tal sed de un trato justo, qué puede sino restituir, devolver a Julián a su integridad como ser social?

[…] Querer conocer los más leves matices del alma de una persona, ¿qué es, sino la forma más intensa de interesarse en ella, el ímpetu más absoluto hacia el desentrañamiento (posesión) de su ser?; es, cuando menos, igualador, si no es aún más; es quedar prendado, o prendido; el alma apresada, presa. Con Stendhal resulta de todo punto imposible desasir la lucha de clases de la biografía sentimental; Julián la va a amar porque es un resentido y un juramentado “cogido fuera de base”.4

Su labor crítica toda responde a una voluntad de escucha y diálogo intercultural, un indoblegable afán de interrelación con el entorno propio, manifiesta no solamente en la reiterada alusión –en distintos ensayos– a esa juventud receptora que, desde Félix Varela hasta José Enrique Rodó, tejen una red de legados diversos a través de toda la región iberoamericana, sino también en un emulsionado conjunto de matices, que macera sugerencias y estímulos de escucha entrañable. A su manera personal, Beatriz Maggi, en sus ensayos, establece un espacio de comunicación humanista, ámbito de resonancias que, generadas por una lectura ensimismada de textos diversos –europeos, norteamericanos–, se condensa en un coloquio profundamente cubano y continental.

¿Qué nexos concordantes hay, que han permitido a su autora reunirlos en este libro singular, entre Shakespeare y Emily Dickinson, entre Stendhal y Mark Twain, entre Dante y Dostoyevski? Sería muy simplista pensar que los vasos comunicantes tendrían como base compartida la estatura artística de los temas de meditación. Ni aunque se prescinda de sospechosas pautas discriminatorias, resultaría sencillo asociar entre sí, en jerarquizada recensión literaria, a voces de tan diversa taracea cultural. La coherencia profunda de su trayectoria crítica, sin embargo, se cimenta sobre la perspectiva dialogal ya señalada, con más fuerza que sobre el intenso timbre de su estilo personal.

Su punto de vista crítico se comprende mejor si se atiende a lo que, precisamente en defensa de un enfoque dialógico, escribiera Tzvetan Todorov en una brillante síntesis evaluadora de las principales tendencias críticas del siglo xx:

[…] la crítica es diálogo y tiene todo el interés en admitirlo abiertamente; encuentro de dos voces, la del autor y la del crítico, en el cual ninguna tiene un privilegio sobre la otra. Sin embargo, los críticos de diversas tendencias se reúnen en el rechazo a reconocer ese diálogo. Sea consciente de ello o no, el crítico dogmático, seguido en esto por el ensayista “impresionista” y el partidario del subjetivismo, deja que se escuche una sola voz: la suya. Por otra parte, el ideal de la crítica “histórica”

[…] era el de hacer escuchar la voz del escritor tal como es en sí misma, sin ninguna añadidura procedente del comentarista; el de la crítica de identificación, otra variante de la crítica “inmanente”, era el de proyectarse en el otro hasta el punto de ser capaz de hablar en su nombre; el de la crítica estructural, el de describir la obra haciendo absoluta abstracción de sí. Pero, al prohibirse así dialogar con las obras y, por consiguiente, juzgar acerca de su verdad, se les amputa una de sus dimensiones esenciales, que es justamente decir la verdad.5

La elección que hace Beatriz Maggi del diálogo como base profunda de su estilo crítico, se relaciona directamente con su propia concepción de la literatura misma, que resulta en ella un espacio de apasionada y apasionante participación, una aventura del ser que no consiste en privilegiar al crítico o al autor, sino transfigurarlos en una entidad especialmente humana en la que se funden ambos en una nueva criatura de arte. Desde otro ámbito de la percepción, Todorov coincide con esta postura cuando afirma: “La crítica dialógica habla, no acerca de las obras, sino a las obras o, más bien, con las obras; se niega a eliminar cualquiera de las dos voces en presencia”.6

Véase cómo lo declara en su ensayo “La espiritualidad del cuerpo sentida desde las letras”:

El diálogo, forma de elocución suprema de esta novela inmarcesible, hace, desde el punto de vista de las caracterizaciones, y de la idea que debemos tener del hombre en la historia –pero también fuera de la Historia–: en la Naturaleza –pero también fuera de la Naturaleza–, el medio eficaz por excelencia. El medio más elusivo, sí, pero también el más concluyente para develar al hombre, no se halla quizás en la soledad, sino en su encuentro y su dialogar con los otros hombres.7

La ensayística de Beatriz Maggi consiste en una indagación de modos de humanidad que, en su percepción ensimismada, intensa y, por momentos, angustiada, tienen que ver directamente –sea cual fuere su latitud de proveniencia–, con nuestra más quemante inmediatez. Sus ensayos se tensan en una voluntad que, en la crítica, pocas veces adquiere un empecinamiento tan concentrado: se aspira no sólo a desentrañar significados potencialmente presentes en los objetos de lectura, sino también, y ante todo, a dialogar con ellos, de modo que cada uno de estos ensayos, más allá de iluminar ángulos y modulaciones de Shakespeare o Stendhal, Mark Twain o Dostoyevski, se proyectan a una finalidad más estremecida y, por lo mismo, palpablemente atormentada: la expresión de un modo propio de concebir no ya el hecho literario en sí mismo, sino el proceso palpitante, devorador, por momentos anonadante, de experimentar la lectura como experiencia. Se trata de una forma de lectura que no deriva de una espontánea cuanto ingenua manera de acercarse al hecho literario, sino que, por el contrario, proviene de una voluntad de estilo de lectura en que se integran tres cualidades vitales: es insomne, pues se niega a aceptar puntos ciegos en el forcejeo dialógico con la palabra artística, lucha que deviene conflicto más que hermenéutico, vital, porque se trata de un cabal acto dramático, que entraña una anagnórisis: el reconocimiento de la subsistencia del propio ser aun en la aventura prodigiosa de someterse a la peripecia de la lectura. Es su estilo crítico, por otra parte, visceral, en tanto se trata de penetrar, como en devorador orgasmo, la palpitante entraña literaria, desde el más personal y secreto entresijo del propio lector. El modo crítico de esta ensayista es, en fin, procesal, porque radica en un dinamismo convertido en una segunda naturaleza, o, tal vez, en la liberación de una médula esencial, como se advierte en el “Proemio” a su Antología de ensayos, en el cual subraya su alejamiento del dogmatismo monológico tan frecuente en la crítica literaria:

La persona que escribió los presentes ensayos confiesa que leyó las obras que los han suscitado con el vivísimo deseo de apoderarse de las intenciones y los sentidos de sus autores; de sus concepciones y las de las épocas en que ellos crearon. Y que su yo lector no se abrasa en sí misma, sino en el libro, mientras lee. De la inevitable tensión que se produce entre ese yo que se autodepone –mas subsiste integérrimo– y el libro, tal cual lo concibió el autor, sale la lectura opulenta, “sabrosa”, pero también fresca y propia del siglo del lector. Es una tensión fecundante y la proponemos con preferencia a aquella otra en que el lector, soberbio, se mira a su ombligo. Nos parece que la verdadera emulsión, la lectura madura, se obtiene en esa dramática tensión. El cazador es cazador porque busca cobrar la pieza; si se tiende (¡distiende!) bajo la yagruma, abandona su esencia de cazador. En la lasitud de una lectura en que no se dé una honesta persecución al autor (que no puede, honestamente, triunfar del todo tampoco), se desvanecen la cacería y el cazador. En tal caso, la opción ideal (si no “están verdes…”) es convertirse en fiera.8

Es una insinuación de la autora que en el devenir crítico –pues en su concepción de la literatura, es esta la que persigue al lector y no a la inversa– la palabra artística nos persigue y acosa, nos conquista y convierte en un objeto de metabolismo esencial. Un lector no regresa nunca ileso de la aventura de enfrentarse a un gran libro. Por ello lo que esta mujer propone es la transfiguración misma de la crítica y, por ende, de la literatura misma. De nuevo me siento tentado de convocar a Todorov: “Ya es tiempo de volver (de regresar) a las evidencias que no han debido olvidarse: la literatura trata de la existencia humana, es un discurso, y tanto peor para los que tienen miedo a las grandes palabras, orientado hacia la verdad y la moral”.9 Pero, por lo mismo, es un discurso sobre los pares indisolubles de ellas: la mentira y la destrucción de los valores, la reafirmación y reconstitución de ellos. En una línea semejante, Beatriz Maggi osa dirigir la atención hacia zonas que, a pesar de todas las conmociones del Romanticismo y las vanguardias, suelen dejarse en la sombra: el cuerpo, el hambre, el vino, la verdad, el convivio –a veces desbordante y abrasador– en que se produce la existencia humana en su única forma posible: la cultura.

Uno de sus más recientes ensayos –que forma parte de un proyecto gigantesco de la autora– tiene que ver con el banquete como topos inalienable de enormes zonas de la palabra artística. En “La espiritualidad del cuerpo sentida desde las letras”, apunta una propuesta crítica que es necesario citar in extenso:

Mas, no sólo nuestra especie surge, se desarrolla, evoluciona en este medio natural hasta crear el arte, la cultura, la civilización, la ciencia y la técnica; todo aquello en que la vida humana ha contado con la naturaleza como escenario, sino que existe una modalidad más íntima, más cotidiana y más transustanciada en que Naturaleza y Hombre entran en un maridaje contaminante: el alimento.

No intento una disquisición en torno al cuerpo y al alma; tampoco una disputa entre ambos, ni una argumentación lógica o racional, que intentara demostrar, no ya la unidad, sino más bien la unicidad de cuerpo y alma; no tomo partido en la sesuda contienda entre materia y espíritu. Asumo como punto de partida una fe sencilla, según la cual el espíritu humano es el resultado de una transformación sustantiva de los elementos que el cuerpo toma de la naturaleza que lo rodea, y que pasan al estado de energía espiritual. Y, después, ¡la subversión! Comprendo que los hombres de todas las latitudes y las edades han vivido, y todavía viven, percatados de la contundente e inextricable relación entre su vida individual y social a través de la historia, por una parte, y por la otra su ¡inclaudicable! ingestión de alimento: la incorporación material y la consiguiente transustanciación de los elementos naturales en medio de los cuales se desarrolla su existencia y que dan –creo– origen, o al menos curso, al espíritu humano.

No debe arredrarnos un punto de partida tan aparentemente grosero; llamémosle “actividad esculente” (¡las palabras lo resuelven todo!). Cuando comuniqué a una amiga el propósito de estas páginas, me dijo: “¡ay, sí, hazlo! ¡Hace tanto tiempo que los hombres comen!”.

La humanidad elige el convite, la cena, el banquete, la hostia, o el magro pan desnudo, como aquel instante por excelencia en el cual patentizar sus amores, sus odios, sus alegrías y terrores; sus pactos, ambiciones, arterias y miserias; lo mismo su perfidia que sus arrepentimientos y sus exaltaciones redentoras: partiendo del festín en que se solaza el cuerpo, el alma humana irrumpe en la Historia: los hombres ultiman acuerdos para el combate, deciden la estrategia y la táctica; con un brindis sellan la venganza, o el perdón, las nupcias y las reconciliaciones. La realeza celebra el acceso del Infante al trono; los hombres ultiman con un brindis la exitosa aventura financiera. Y también ante la mesa se ofrece la copa envenenada. […] Si lo que caracteriza al ser humano es rehuir la soledad, y la especie Hombre se define en su inherente condición social y su necesidad de comunicación, el lenguaje –sabio como siempre– hace esto evidente en la palabra compañía (cum panis) comer el pan en compañía; comer juntos el pan es compañía.10

Desde esta reflexión fluye ese ensayo.

Me interesa aquí subrayar el punto de mira de la autora. Lo que busca es rescatar, para la crítica cubana, una región que, aunque de algún modo advertida por otros en la Isla, ha permanecido ajena a toda recensión cabal, precisamente porque la ponderación de la literatura entre nosotros ha tendido a continuar repasando senderos ya trillados para la mayoría. Y, sin embargo, se trata de un coto de caza esencial para la comprensión de las letras no ya de Cuba, sino de toda América hispánica. Así lo intuía Lezama al escribir en La expresión americana, algo que parece un presagio de esta focalización necesaria, por desafiante, de Beatriz Maggi sobre el banquete como espacio de diálogo cultural en nuestras literaturas:

Después de las bandejas que traen el horneado, las frutas sonrientes y el costillar auroral del crustáceo, viene la perilla postrera, que podía haber sido el confitado o crema para barrer con el aceite o la pella, que sirve de intermedio entre el fuego y el estofado. El occidental, amaestrado en la gota alquitarada, añade el refino de la esencia del café, traído por la magia de las culturas orientales, que trae el deleite de algunas oberturas a la turca realizadas por Mozart, o la referencia que ya hicimos de algunas cantatas alegres en que se entretuvo el majestuoso divertimento bachiano. Era esa esencia como un segundo punto al dulzor de la crema, un lujo occidental que ampliaba con esa gota oriental las metafísicas variantes del gusto. Pero a esa perfección del banquete, que lleva la asimilación a la cultura, le correspondería al americano el primor inapelable, el rotundo punto final de la hoja del tabaco. El americano traía a ese refinamiento de la naturaleza, que recordaba la primera etapa anterior a las transmutaciones del fuego. Con la naturaleza, que rinde un humo, que trae la alabanza y el esencial ofrecimiento de la evaporación.11

Con “La espiritualidad del cuerpo sentida desde las letras”, Beatriz Maggi aporta una dimensión distinta de esto que Lezama consideró –con penetrante captura de la imago– un elemento fundamental de la expresión americana. Pero lo que el autor de Paradiso aferra, es el estremecimiento sensorial del banquete en el terreno de su trazado literario hispanoamericano; Beatriz Maggi, por su parte, adelanta la contraimagen del convivio de factura literaria: la degustación crítica, el paladeo lector, la embriaguez sensual del descubrimiento del sentido humano –el estar en compañía– como espacio de regusto bajtiniano: el cronotopo del banquete como reflejo de la aventura vital con la que, siempre, entronca la gran literatura. El banquete, focalizado por la ensayista, no es un bodegón desplegado para el regodeo de los sentidos, sino que se levanta como conquista del cuerpo, que busca también, desde la página artística, devorarnos, hacernos devenir su propio alimento.

Pues su trazado personal de la crítica y, con ella, de la literatura, en el cual resultan iluminados sectores imposibles para la lectura habitual, tales como los silencios, los volúmenes corpóreos, el comer como necesidad humilde y prodigiosamente física, el convivio como núcleo de fiera humanidad, son rasgos que dan testimonio de la obsesiva teleología de su crítica: se aspira a confirmar nuestra profunda humanidad, nuestro estremecimiento carnal como criaturas vivientes capaces de lectura y elección de tránsito insomne por el espacio infinito que se duplica y transfigura en el contexto en cuya relativa sombra siempre es mortífero dormirse, y en la oquedad estremecida de la más humana e invencible soledad. Toda su crítica, ese diálogo enfebrecido a veces, y de modo constante iluminado, declara esa voluntad insomne de quien se asoma a la literatura como lector capaz de enfrentarse al drama del texto como a una zona, igualmente terrible y fascinante, de la vida.

1 Manuel Sanguily: “Toda crítica es científica, o no es crítica”, en La múltiple voz de Manuel Sanguily, selección e introducción de Rafael Cepeda, de Ed. Ciencias Sociales, La Habana, 1988, p. 69.

2 Ibídem, p. 70-71.

3 Ibíd., p. 70.

4 Beatriz Maggi: “El quiasma stendhaliano”, en El pequeño drama de la lectura, Ed. Letras Cubanas, La Habana, 1988, p. 129.

5 Tzvetan Todorov: Crítica de la crítica, Ed. Paidós. Barcelona, 1991, p. 149.

6 Ibíd., p. 150.

7 Beatriz Maggi: Antología de ensayos, Ed. Letras Cubanas, La Habana, 2008, p. 466.

8 Ibíd., p. 9-10.

9 T. Todorov: ob. cit., p. 152.

10 Beatriz Maggi: Antología, ed. cit., p. 451-453.

11 José Lezama Lima: La expresión americana, Instituto Nacional de Cultura, La Habana, 1957, p. 81-82.

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Del estudio a la conversación

Lina de Feria

 Septiembre del 2008.

 Gaceta Oficial

Hace cuatro o cinco años vi su mano de humo y rigor incansables, pasar por sobre el rostro de Emily Dickinson en un libro que me enseñaba, en su estudio de Miramar. Yo había rebajado mi edad, era adolescente, y en el viaje que sus palabras invocaban había tal dosis de sabiduría, de puntual inteligencia, que me sentía como esas esponjas de mar, captándolo todo de la Dickinson, pero, a la vez, captándolo todo de la Maggi. Pensé que había mucho más que un mito en ella, sino una realidad altamente ilustrada, cuya perspicacia se traslucía en el propio apasionamiento con el que hablaba, y que, desde que la vi por vez primera, allá en la Escuela de Letras y Arte, profundamente enérgica, entrando en clases, y haciendo las exposiciones hondamente singulares sobre literatura universal con las que contaminaba una especie de fascinación y extremo respeto ante lo que se elaboraba en aquellas audiciones, se trató de una personalidad genuina, carismática, diferente, y llena de ideas propias, que la separaban de una profesora común o de alguien con la que ya nos habíamos tropezado a través de nuestra vida de estudios.

Imposible tratar de determinar su perfil, de dibujarlo. Rompiendo toda preceptiva y perspectiva, la animación de las clases estaba en ese mismo ímpetu en que los abordes a las figuras literarias no eran cánones predeterminados, sino que siendo viva la captación del escritor que se tocase y de su época, el retablo era maravillosamente dialéctico, maravillosamente expuesto no como fórmula farmacéutica, sino dándonos los mínimos y los máximos aspectos ante los que la inteligencia del alumno se veía retada a concluir criterios propios, y con ello, elaboraba a su vez una manera de hacernos pensar y crecer.

Creo que el mayor golpe nostálgico está en que ella es irrepetible. Y he tenido la doble suerte de ser su alumna y su amiga, aprendiendo yo, continuamente de ella, una sabiduría intrínseca que fue la que le permitió hacer los ensayos más lúcidos, con aspectos verdaderamente desconcertantes por lo novedoso de sus apreciaciones, y porque conteniendo los grandes párrafos en los que una idea se transmuta en otra y en otra más, hay siempre un fermento literario que polariza sus escritos a páginas de estilo tan propio, que no habría forma de plagiarla, porque las páginas de Beatriz Maggi suelen ser únicas.

En las coordenadas de la ensayística cubana, ella tiene un reino, que cubre a Rimbaud, a Shakespeare, a Emily Dickinson, a Chaucer y tantos otros que comprendimos, sólo cabalmente, gracias a sus estudios. Así quisiera que el reloj tuviera una sola hora, la hora del encuentro para conversar con la Maggi en su estudio, porque de toda apreciación de su genial personalidad hay esa novedad que tantos otros quisieran, y que fluye, con poderoso ingenio y dosificación, en medio de consecuencias éticas extraordinarias que la intensifican para siempre.

1 Beatriz Maggi: “Emily Dickinson, la infalible”, La voz de la escritura, La Habana, Letras Cubanas, 1997, p. 46-74.

2 Beatriz Maggi: “Legado de alas”, Temas, n. 45, La Habana, enero-marzo, 2006, p. 115-134.

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 Nuestra Beatriz

Denia García Ronda

 Gaceta Oficial

Una mujer alta y delgada, con una belleza más europea que tropical, un tanto descuidada en el vestir, y de una mirada inquisitiva, entró un día al aula de la mano de un hombre de aire antiguo.

El aula era una de la Escuela de Letras y Arte, la mujer era Beatriz (más conocida como “la Maggi”), y el hombre Dante Alighieri, con quien –lo supe después– le hubiera gustado hacer el viaje completo de La divina comedia. Lo cierto es que fue a sus estudiantes a quienes les propició realizar ese viaje, guiados por ella más que por Virgilio.

La doctora Maggi perteneció a la constelación de excelentes profesores que nos tocó en suerte a los jóvenes de las promociones de los 60 y los 70, en la Escuela de Letras de la Universidad de La Habana.

Su particular método de enseñanza, que se alejaba de manuales didácticos o metodológicos, tenía por implícita finalidad lograr que el estudiante –un lector especializado en ciernes– dialogara con las obras literarias a partir de su propio pensamiento, de su propia sensibilidad, pero teniendo una base reflexiva que, según ella, había que entrenar precisamente leyendo y reflexionando. De ahí que el estudio de las diferentes obras incluyera en primer lugar deducir hechos, razonar causas, meditar sobre propósitos y, finalmente, llegar a conclusiones que no necesariamente tendrían que coincidir con las del profesor, el crítico o el propio autor.

El entrenamiento podía empezar desde el primer día de clases, como cuando instó a un grupo de bisoños alumnos a que hallaran diferencias entre dos pañuelos (uno pequeño y otro mayor) que había colocado en el estrado y que, aparentemente, nada tenían que ver con el estudio de la literatura. Según me contaba uno de esos estudiantes, entre todos pudieron encontrar no más de tres o cuatro aspectos distintos. Ella les enseñó que había por lo menos diez, porque era preciso no sólo ver los elementos físicos (tamaño, color, textura) sino sus varias funciones, su uso por hombres o mujeres según las características de ambas piezas, sus valores estéticos, lo que cada una podía sugerir más allá de su servicio primario, etc.

Ese ejercicio de reflexión podía continuar hasta el mismísimo examen final.

Entre muchos graduados de la Escuela de Letras es bien conocida la pregunta que, para evaluar el estudio de El infierno, de Dante, nos hizo Beatriz: “¿Por qué calla Paolo?” Por supuesto, lo que calificaría la Maggi era la capacidad de deducción o aun de invención inteligente del alumno, ante una interrogante que no tiene respuesta en el texto. Muchas otras iniciativas de la Maggi nos fueron llevando a no confiar en la primera lectura, a buscarles las entretelas a discursos que parecen explícitos, a realizar un abordaje personal y personalizado; pero, sobre todo, a disfrutar de la lectura, por muy especializada que pudiera ser, en lo que mucho cuenta la palabra literaria.

Ese disfrute tiene mucho que ver con la manera “maggiana” de introducirnos en las obras en nuestro tiempo de estudiantes, llevándonos a descubrir los significados y al mismo tiempo la belleza del texto, que en su voz y por su personalidad, parecía insuperable.

Así conocimos, de primera mano, a un Dante alumbrado por la pasión de la profesora; a un Shakespeare que, por ella, contribuyó también a emancipar nuestro espíritu; a una Emily Dickinson sólo anunciada por falta de textos en español, pero ya admirada por carácter transitivo. No fue hasta la publicación de La voz de la escritura –donde nos hizo el favor de publicar, traducidos por ella, algunos de los poemas de la Dickinson– que pudimos apreciar cuánta razón tenía su admiración por la poeta de Amherst, porque, como la propia Maggi nos enseñó, “para el lector común, así como para el lector culto, lo primordial es el convivio con el texto artístico en sí y la medida en que ese convivio hace de cada lector un crítico y de cada crítico un lector”.1

Es que para ella la lectura directa del texto –en especial de los ejemplares– es la mejor vía para la ampliación del horizonte cognoscitivo y emocional del individuo, y aun el de su creatividad. No otra cosa nos enseñó que lo que años más tarde sintetizó en el excelente ensayo “Legado de alas”:

Leer buenos libros, no sólo o necesariamente los literarios, provee al lector de un arsenal de imágenes que entrenan la imaginación en la concepción del mundo como un inmenso tropo. Esto induce en él la facultad de producir imágenes, y ello dará sentido, color, riqueza y acento peculiar a su propia expresión, ya que su sensibilidad ha quedado imantada hacia las equivalencias entre lo material y lo espiritual, o entre objetos y fenómenos dentro de cualquiera de estos espacios. […] Sin necesidad de afectación, ni casi de reflexión (no es que aconseje renunciar a esto último), va quedando persuadido de la polisemia del mundo; equipamiento formidable para aproximarse a la verdad y al fondo de las cosas.2

En tanto lectora y en tanto maestra, Beatriz Maggi puede ser calificada como paradigmática: su apreciación de las obras literarias y su método de enseñanza están pertrechados de una amplia cultura, de un dominio de la lengua –castellana e inglesa– que trasciende la gramática, de una capacidad de análisis y reflexión ajena a la parafernalia categorial y de una eficacia comprobada, y de un estilo, tanto oral como escrito, de altos quilates. No nos impuso, sin embargo, sus saberes: como buena guía por la “selva oscura” de la literatura, pretendió siempre extraer de sus estudiantes sus propias capacidades, su lectura.

Todos estos atributos más su generosidad al hacernos partícipes de sus resultados, nos permiten a quienes compartimos con ella las aulas de la Escuela de Letras –como antes los del Instituto “Cepero Bonilla”– incluir en nuestro currículo profesional y espiritual el orgullo de haber sido alumnos de la doctora Beatriz Maggi.

1 Beatriz Maggi: “Emily Dickinson, la infalible”, La voz de la escritura, La Habana, Letras Cubanas, 1997, p.46-74.

2 Beatriz Maggi: “Legado de alas”, Temas, n. 45, La Habana, enero-marzo, 2006, p. 115-134.

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La espiritualidad del cuerpo sentida desde las letras

 Gina Picart

 Gaceta Oficial

En el inventario de los seres humanos ocupa para mí uno de los primerísimos lugares la excepcionalidad del Genio creador; todos los Pigmaliones. Pero existe un segundo lugar, legítimo, genuino; una segunda manera del ser, auténtica también: la del que admira. Es ese destino de ‘polvo enamorado’ que me ha cabido en suerte, el que explica mi presencia entre ustedes: el de rendir tributo.

Hago mías estas palabras escritas por Beatriz Maggi en uno de los ensayos que conforman esta Antología…,1 que no me explico, ni jamás comprenderé por qué ha demorado tantos años en materializarse del mundo de los sueños.

Quiero rendir tributo en estas –obligadas– breves líneas no sólo a la pedagoga genial que ha sido Beatriz Maggi durante la mayor parte de su vida. Hablo en nombre de todos los que, con fruto o sin él, nos beneficiamos del extraordinario privilegio de haber pasado por un aula donde ella prodigara el rarísimo don de su sabiduría.

Y en el nombre de todos los que hemos podido acceder al regalo de su prosa, de su magisterio en todos los órdenes de la existencia y el pensamiento.

Porque Beatriz Maggi no fue sólo una profesora hábil. Beatriz, y nunca me retractaré de afirmarlo, es una de las más grandes plumas del ensayo literario de la lengua española, y puede ocupar, sin regateos viles, un lugar entre los mejores autores del género en el siglo xx occidental.

No me deshago en elogios vacuos. Su obra no necesita de mis palabras para ser Grande; exhibe ante el mundo virtudes difícilmente igualadas –y escasamente superadas– por otros ensayistas cubanos, y envidiables para autores de cualquier parte del orbe: estilo originalísimo y sin mácula, vivísima sensibilidad poética, extraordinaria y finísima penetración sicológica, cultura enciclopédica, dominio absoluto de la teoría literaria, incluyendo los universos, en sí mismos cerrados, del teatro y la poesía; un invaluable poder de comunicación, y ese otro poder que permite a un escritor trasvasar de continuo el conocimiento de la Vida en un párrafo docto, conservando el equilibrio y la armonía que siempre caracterizarán al arte auténtico. Y ninguna falsa pretensión de erudición, ¡ella, que la posee en grado superlativo! Cuba, que se honra con ensayistas literarios de la talla de Martí (en quien el género está presente en buena parte de su obra) y Lezama, no se ha portado como debe en el reconocimiento que merece siempre en celebrarla dentro del estrecho marco de la docencia. Supongo que esto se deba, en parte, a que Beatriz Maggi nunca ha peleado por la Gloria. En su existencia callada y laboriosa, modestísima, si alguna vez empujó las mamparas de una editorial, jamás fue para ella misma.

Siempre declinó ser foco de la atención pública y hasta se rehusaba tenaz a conceder entrevistas, alegando que ella ¡carecía de importancia! En esto también es, y siempre podrá considerársela, una rara avis que voluntariamente plegó sus alas en el mundo del ego artístico y renunció de antemano al sitial que en él le corresponde por pleno derecho y valía.

Para terminar esta breve escritura, quiero nuevamente hacer mío un comentario de Beatriz presente en otro de sus ensayos: “Se ama y venera a quien haya dejado un rastro indeleble en nuestro carácter; ese rastro puede provenir de una acción. O de una palabra”. Yo la amo y la venero por el rastro indeleble que dejaron en mí no sólo su acción o su palabra, sino su ejemplo, su magisterio todo; a ella, quien ha vivido desde y para, entregada a la literatura. Para caracterizar a Beatriz Maggi, nada lo hará mejor que una frase –otra vez tomada de esta antología: Ella es “la espiritualidad del cuerpo sentida desde las letras”. De muy pocos puede afirmarse.

1 Beatriz Maggi: Antología de ensayos, Ed. Letras Cubanas.

La Habana, 2008.

 

 

 

 

 

 

 

DESTACADOS INTELECTUALES CUBANOS OPINAN SOBRE BEATRIZ MAGGI

PALABRAS DE REVERENCIA

Esta página está dedicada enteramente a la Doctora Beatriz Maggi, mi profesora de Literatura, y de muchos otros estudiantes entre los que se encuentran hoy algunas de las personalidades más relevantes del arte y las letras cubanos. No existe modo alguno de compensar la inconcebible vileza de que a esta mujer, una de los más grandes ensayistas de Cuba y de Hispanoamérica y maestra de generaciones, jamás se le haya concedido el Premio Nacional de Literatura y ni siquiera el título de Maestra de Juventudes, que se ha ganado con el ejercicio impecable de su profesorado. A los 93 años, jubilada, espera en su casa de Miramar lo que para ella no será ya otrasorpresa de la vida, sino su conclusión final. Modesta, con una casi patológica ausencia de ambición personal, todavía esparce luz desde su sillón de enferma como una perla de naturaleza desconcertante y turbadora en medio de la oscuridad que nos consume. Así la vemos sus alumnos, quienes tanto tenemos que agradecerle porque a muchos de nosotros nos cambió para siempre la perspectiva de la existencia, aunque sabemos que con esta mirada lúcida que nos dan la gratitud, la honesta inteligencia y el respeto no pueden verla los grandes ciegos de Cuba, quienes reaccionaron como enanos ante su grandeza ofreciéndole distinciones de segunda que nunca le interesaron, pero escamoteándole una y otra vez el único reconocimiento con que tal vez ella soñó, y de paso escamoteándonos a sus deudores incontables la respuesta a esta pregunta a la que jamás renunciaremos, incluso cuando Beatriz ya no esté entre los vivos: ¿Por qué no se le dio ese premio, cuáles consideraciones lo han impedido, quiénes son los responsables de semejante atropello? Sospechamos sus nombres, sus semblantes y sus motivos. Pero también sabemos —porque no pecamos de ingenuos—, que por más que exijamos el silencio seguirá cubriendo uno de los episodios más desvergonzados de la cultura cubana del último medio siglo. Entonces, como sabemos que nadie atendió ni atenderá jamás nuestro clamor, y porque Beatriz está definitivamente incapacitada para reclamar por sí misma sus blasones, hablaremos por ella desde esta página, gritaremos nuestra indignación y diremos todo lo que pensamos y lo que hemos estado repitiendo durante largos años. No somos las trompetas que derribaron Jericó ni lo pretendemos, pero al menos emplazaremos públicamente con nuestra voz a quienes hasta ahora han actuado con tanta impunidad. Queremos que se sienten en la picota y les sean arrojados los dardos del desprecio que merecen por haber privado a la cultura cubana de ostentar debidamente un galardón que le hubiera dado tanto lustre. Ya dijo Martí que honrar, honra, así que yo me siento en el derecho de llamar a estos estafadores rocambolescos mutiladores de la cultura cubana y ladrones de honra.

En esta página colocaré algunas entrevistas que ella concedió, muy pocas, pues siempre tuvo el alma recoleta y huyó de vanidades. Es de suponer que durante su larga carrera haya dado algunas más, pero los retardos de la digitalización y las penurias de la conservación bibliográfica que padecemos como males endémicos las han convertido en algo así como un efluvio evanescente que se disipa cada vez que se le quiere asir. Habrá también testimonios de intelectuales brillantísimos como el crítico de arte Rufo Caballero, de orientación cultural tan humanista como la propia Beatriz; el gran cineasta cubano Fernando Pérez, quien fuera su alumno, y de otras muchas personalidades que tuvieron el privilegio de asistir a sus clases en la Facultad de Letras de la Universidad de La Habana o, como Rufo, no fueron sus alumnos pero se consideran sus discípulos. Todos la veneramos. Falta la voz de un buen número de mezquinos que viven con miedo de que el lustre ajeno opaque sus anémicas bujías personales. Olvidan, o quieren olvidar, que también deben a Beatriz un buen trozo del salvavidas en que navegan hoy por las aguas procelosas de las editoriales y el relumbre impostado de sus nombres.

La idea de hacer un sitio para honrar a Beatriz ha partido de su nieta Tania San Román Vieta. Si alguien se preguntara por qué yo no lo hice antes, la respuesta es que Beatriz nunca creyó que la impetuosidad se contara entre mis mejores cualidades y no me lo permitió. Quiero, por último, dejar en claro que aunque he empleado una voz coral, la rabia es mía y soy la única responsable de la pasión.

Gina Picart

Discípula y amiga. Escritora, investigadora, crítica literaria

Rufo Caballero

Rufo Caballero, crítico de arte

digital@juventudrebelde.cu
22 de Marzo del 2009 1:55:47 CDT

En Cuba existe una lamentable confusión alrededor del ensayo. Véanse las nóminas de los libros premiados en la categoría de ensayo y se observará enseguida que en el lugar del género se premian investigaciones culturales, por lo general excelentes, vislumbradoras, pero que no son ensayos en absoluto.

Allí donde la investigación cultural se comporta como verificación sobre un fondo de teoría y de comprobación histórica, el ensayo es fluencia de ideas, río de la subjetividad. Para la investigación cultural, el imperio de la subjetividad es un peligro; para el ensayo es un lujo. El gran ensayista tiene como campo de verificación su misma y frondosa subjetividad. El buen ensayista funda su propia teoría; el buen ensayista es su propio referente.

Si lo sabrá Beatriz Maggi, reina del ensayo en Cuba por varias décadas. Cuando la Maggi cita a alguien, lo hace como una gracia, como un guiño, como un antojo del estilo, porque no lo necesita para nada. La Maggi es su propia filosofía; cuando escribe, confiesa (he dicho confiesa y no define) toda una filosofía sobre el mundo, sobre la escritura, sobre la lectura, sobre la vida. Véase, en dicho sentido, “La espiritualidad del cuerpo, sentida desde las letras”, texto magistral que despide Antología de ensayos (Letras Cubanas, 2008). En esa sabrosa disquisición sobre el maridaje entre cuerpo y alma, entre cultura y naturaleza —maridaje, palabra nunca mejor pronunciada—, la ensayista levanta una recia filosofía de vida que no requiere muletas, aditamentos teóricos, alardes idiomáticos ni otras hierbas. La cultura esencial de la Maggi se basta para parir mundos, para generar nociones y conceptos que emanan casi de su propio cuerpo con la gracia con que la naturaleza se da.

Allí donde otros prefieren lecciones de moral y cívica, la Maggi adopta el pensamiento complejo. En las páginas dedicadas a la película Suite Habana, de Fernando Pérez, leeremos, paladearemos lo siguiente:

Ese hombre joven que a diario se enfrenta a las sábanas sanguinolentas y purulentas de un hospital, es también hombre cabal cuando a la noche desmiente su sexo y se solaza haciendo su acto de transformismo. Lo ayuda con primor la amantísima mujer enamorada, que lo envuelve en su mirada generosa: amarlo significa también amarle su disfrute de cosméticos y tablado, del oropel de las lentejuelas. Tal es la intensidad con que la Verdad juega a la Mentira; lo Normal a lo Anormal, que aquello que parece veleidad abominable, deja de parecerlo; más bastaría una mirada de “un solo ojo” para que reapareciera la mancilla. (p. 415)

Donde otros verían el placer de lo blasfemo, advierte Beatriz el corrientazo de la Verdad, y esa verdad se relaciona con una máxima martiana: no solo el amor lo puede todo, lo argumenta y lo justifica todo, sino que el amor lo entiende todo, lo comprende todo; lo abraza todo. Esa sabiduría de siglos aparece en la escritura de la Maggi con la transparencia procelosa de un río calmo y siempre abierto, expuesto. La poeta Lina de Feria ha dicho que la escritura de la Maggie atenaza al lector, sometiéndolo, poseyéndolo. La De Feria es aquí exacta como en sus versos siempre: el gozo de la sabiduría ensayística de la Maggi es un gozo sexual. La Maggi, recatada y retirada hace años —a saber— de toda práctica mundana, entabla un diálogo sexual con su lector, en la medida en que produce deseo, genera una necesidad enfermiza, desata una sed que no se sacia fácil. La De Feria lo ha dicho: la Maggi, como Balzac, como Kafka, posee a su lector, y lo peor: ya para siempre.

Lo consigue desde la otra y la primera cualidad que distingue a un gran ensayista: el linaje de la prosa, la identidad inocultable de todo cuanto escribe. La prosa de la Maggi es sinuosa, personalísima; lo precisé arriba: sabrosa. La prosa de la Maggi tiene tanta cultura como mendó. En ese otro ensayo iluminado, “El lector confinado”, empieza su teoría del engarce lector-escritor por medio de la siguiente construcción: «… Balzac y Kafka… dicen su canción al que con ellos va» (298). Cuando uno lee tanto, vago y vano moral como uno es, se sorprende cerrando de momento el libro y pidiéndole a Dios: «Yo quisiera escribir un día como Beatriz Maggi». Noten la rara música, la cadencia interior de la construcción: «Balzac y Kafka dicen su canción al que con ellos va». Esta mujer está endemoniada, poseída ella misma, y por eso nos somete inclemente, presurosa: porque no le queda otro deber.

Confieso yo también que me gustan mucho los arrebatos con que irrumpen los ensayos de la Maggi. Escuchemos ahora la forma como se presenta el último texto del libro; leamos:

¿Qué es la naturaleza? Crines sueltas de caballos en estampida; la cúspide, la sima, el plácido valle, la simiente que germina, el manantial que brota, la vaca que muge, la ubre ordeñada que rezuma leche espumosa, la ráfaga de viento que de un latigazo golpea la mejilla, el shuash-shuash salado que lame la orilla, la pampa somnolienta, la cresta que se enfurece y se encrespa para despeñarse sobre la concavidad agazapada que la espera, a la vez ansiosa y temerosa; el suave relente de la madrugada que se asienta sobre el pétalo de una rosa. Y también es naturaleza la muchedumbre que vitorea, el gendarme con el sable en ristre, el rostro que es zajado por una navaja, la cadera que se menea al son caliente, la abeja meliflua, el huracán violento, los hielos árticos, la bola ardiente del sol que nos da luz, calor y vida; los Vesubios, las catástrofes, los ríos embravecidos, el taconeo de la manola en la Península. Amalgama deliberada esta que hago para designar un concepto y una emoción: ¡Majestad!. (451)

A estas alturas de la vida, cuando tanta tinta ha corrido sobre la cultura misma, hay que tener coraje para preguntarse, como cándidamente, y bien, ¿qué es por fin la naturaleza? La Maggi lo tiene. Cualquier muchachito de esos que buscan afanosamente definiciones científicas diría que bah, a qué tanto barullo con todo esto que no es más que novelería. Novelería, sí, de la buena; se dirían entretanto, en medio de un guiño de ojos, Sancho y el Don. En tiempos en que cualquier laboreo con la emoción o el sentimiento está asediado por la sospecha del kitsch y el camp, la Maggi tiene la bravura de puntualizar, literaria y emocionalmente (acaso, por lo mismo, científicamente), qué diablos, es la naturaleza. Yo me pregunto, mientras: ¿Qué diablos, es la poesía si no estas líneas de la Maggi?

He hablado aquí de cultura; nunca de erudición. La erudición es acumulación, pero la cultura es enjundia. La cultura sabe qué hacer con el conocimiento, en lo que la erudición se entretiene con él. Beatriz Maggi es, sobre todo, una mujer culta. Seamos capaces de admitir, con la entereza que la Maggi vale, que esta ensayista, esta pedagoga, esta mujer que ha amamantado a cientos si no a miles de cubanos, merece hace años el Premio Nacional de Literatura. Una vez se lo escuché al maestro Humberto Arenal y desde entonces suscribo perfectamente esa apetencia. Lo dice alguien que no cree en los premios, pero que en este caso me parece justo.

Leamos Antología de ensayos con la fruición a que invita, pero leámoslo también con la responsabilidad que supone esta colección sabia. Recorrámosla convencidos de que el día en que Beatriz Maggi no esté, una quebradura indescifrable se habrá abierto para siempre en los surcos de la Isla y su cultura.

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Fernando Pérez sobre Beatriz Maggi

Publicado el 1 abril, 2014 en el blog Hija del Aire

Fernando Pérez, cineasta (Suite Habana, José Martí el ojo del canario y otros filmes)

Reproduzco un fragmento de una entrevista que le fue realizada al cineasta cubano Fernando Pérez (Suite Habana, El ojo del canario, Madagascar, La vida es silbar…), en la que hace referencia a su relación con Beatriz Maggi y ofrece su opinión sobre ella:

(Entrevistador): Algo que caracteriza a su cinematografía  —y pienso mucho en Suite Habana— es su polisemia. ¿Busca premeditadamente  lo «ambiguo» o «inconcluso» como un recurso artístico?

(Fernando Pérez): Yo diría que más que ambiguo o inconcluso, de trata de un recurso artístico que busca lo «ambivalente». Es un término que me descubrió la Dra. Beatriz Maggi (mi profesora de literatura en mis años universitarios y a quien le debo no sólo enseñanzas literarias, sino también de espíritu y pensamiento, que han sido fundamentales en mi vida). Yo no era consciente de ese concepto hasta que ella, después de ver Suite Habana, me llamó para decirme que la diversidad de reacciones que la película provoca se debía a su lenguaje ambivalente (que no es lo mismo que ambiguo u oblicuo). La ambivalencia conserva y expresa valores contrarios y contrapuestos en un mismo personaje o situación dramática. Como la vida. Y reducirla a un solo valor es negar su complejidad, su multiplicidad de sentidos.

La Dra. Maggi es especialista en la literatura de Shakespeare y me ha dado a leer varios textos sobre la ambivalencia en la obra shakespereana, que me han servido para convertir en  reflexión consciente lo que en mí era intuición. Es por eso que preguntarme siempre: «¿Qué pensaría la doctora si….?», cada vez que enfrento una duda, ha sido y será para mi una disciplina, una brújula para mi nebulosa creativa.

La Dra. Beatriz Maggi no tiene títulos honorarios. No es ni Profesora Emérita de la Universidad, ni Premio Nacional de Literatura, ni miembro de la Academia Cubana de la Lengua,  pero para mí los merece todos y muchos más. Por eso le dediqué la película: Martí: el ojo del canario también es obra suya.

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BEATRIZ MAGGI Y EL PREMIO NACIONAL DE LITERATURA

Por Gina Picart

Esta foto fue tomada por el investigador Oscar   Ferrer  en la sala de la casa de Beatriz, en Miramar.

Aún recuerdo la noche en que conocí a la Dra. Beatriz Maggi. Yo acababa de empezar el primer año en la Facultad de Filología en la Universidad de La Habana. Era un modesto curso para trabajadores y las clases duraban hasta muy tarde. Todos estábamos ya agotados cuando sonó el timbre que anunciaba el comienzo de un nuevo turno, y ella hizo su entrada en aquel local donde había más de cincuenta personas apiñadas, sedientas y muertas de calor. Vi a una mujer alta, estatuaria, de caderas poderosas, con un raro tocado que le envolvía el cabello, un vestuario sencillo que mi condiscípulo Miguel Sabater recuerda de color blanco, y yo, negro, y sandalias. Ya había escuchado su fama terrible de pisa cabezas; se decía que jamás daba un cinco ni en trabajitos de clase, que era adusta y muy severa. Que traumatizaba a los alumnos con sus conclusiones despiadadas sobre la falta de inteligencia y, más aún, sobre la falta de sensibilidad. Pero nada de eso me arredraba, porque yo solo quería volver a tener una profesora de Literatura como la otra Beatriz, aquella maestra mía del preuniversitario para alumnos de arte Amadeo Roldán, que tanto me ayudó en la comprensión del teatro de Shakespeare y me dio las primicias de los trágicos griegos.

Y entonces ocurrió el milagro. Beatriz Maggi se recostó un poco sobre el escritorio, anunció que iba a impartir una conferencia sobre La Divina Comedia, al momento se olvidó de todos nosotros, su mirada se perdió en algún punto del espacio y ella se transformó en Beatriz Portinari, en Dante, Virgilio, Ugolino y Ruggiero… Nos introdujo en la Ciudad de Dis, en Malebolge, en el río de fuego donde se retuercen los condenados…

¿Con qué palabras podría yo resucitar en la pantalla de este ordenador la magia que aquella mujer desplegó para sus alumnos, con la generosidad absoluta de un profesor de auténtica raza de Maestros? Ella era más que una simple profesora universitaria: ella era la Literatura misma, el Verbo hecho carne. Aquella clase fue una epifanía, como todas las que nos dio después. Yo tuve el privilegio de ser su monitora, de reunirme con ella en ocasiones, ¡con ella sola!, y tener exclusivamente para mí el disfrute de su conversación, en torno siempre a la literatura y el arte. No puedo explicar, nunca he podido, la emoción que sentí, yo, lectora apasionada de Shakespeare desde los doce años, cuando supe que ella era la única especialista en Shakespeare que tiene Cuba, y una de las pocas de habla hispana. Comulgábamos en ese amor reverencial, y en nuestra común veneración por otros autores y libros.

Gretel Alfonso Fuentes (a la izquierda), escritora e investigadora, viuda del cineasta Nicolás Guillén Landrián.

Una noche, mi inseparable amiga y compañera de aula Gretel Alfonso, a quien Beatriz también distinguía de un modo especial y cuya madre trabajaba en la biblioteca de Obispo, tuvo la idea de organizar un homenaje para nuestra maestra, de quien muy atrevidamente nos considerábamos discípulas. Paquita, madre de Gretel, nos apoyó enseguida, se ocupó de todo y hasta consiguió un bufé modestísimo. Nosotras, si no recuerdo mal, aportamos una botella de ron para la concurrencia. Para mi horrible sorpresa, no asistieron ni diez personas, que en cuanto comieron hicieron mutis para siempre por esas callejuelas misteriosas del Casco Histórico donde se volatilizan los fantasmas. Y allí quedó Beatriz, sola, sentada en una pose muy digna frente a aquellas dos muchachas flacas y azoradas, su único público. Y entonces, ella tuvo aquel gesto heroico, de una grandeza ética y épica que, lamentablemente, solo a nosotras tuvo por testigos: nos impartió la más maravillosa conferencia sobre Fiodor Dostoievski, mientras se trasmutaba en el príncipe idiota, en Nastasia Filipovna, en Karamazov alzando el hacha asesina. Si me ha dolido siempre como una herida que nunca cicatriza el no haber podido estudiar en las antiguas universidades europeas, con sus tesoros infinitos y raros del conocimiento, lo único que ocurrió en mi vida de estudiante capaz de aliviar aquel dolor fue el extraordinario privilegio de haber sido alumna de Beatriz Maggi.

He hecho esta extensa introducción porque hoy tengo en mis manos un ejemplar de La palabra conducente, volumen en que ¡al fin! la editorial Letras Cubanas ha recogido íntegramente —en un gesto muy esclarecido— los cuatro libros de ensayos literarios publicados por Maggi a lo largo de su carrera intelectual: Panfleto y literatura, El cambio histórico en William Shakespeare, El pequeño drama de la lectura, La voz de la escritura, y otros ensayos tardíos no recogidos en libro.

Muestran poco discernimiento, si no otras “pequeñas deficiencias del raciocinio”, quienes han insistido durante tantos años, y continúan insistiendo, en considerar a Beatriz Maggi solo en su faceta docente. Se han negado con sospechosa pertinacia a reconocer que la significación de esta mujer rebasa inconmensurablemente los marcos de la labor profesoral para instalarse de lleno, y por derecho propio, en las estancias de la Literatura. Todos los ensayos recogidos en esos cuatro libros que al menos dos generaciones de lectores y estudiantes no han podido conocer, son muy superiores en calidad formal, en profundidad psicológica, apreciación de la cultura y esclarecimiento de juicio a un largo rosario de volúmenes de ensayística publicados por nuestras editoriales, y que nada o muy poco han aportado a la formación de especialistas, estudiantes y lectores cubanos, aunque hayan cosechado premios y otros lauros no siempre merecidos. Que esos textos fueran concebidos por Beatriz como único recurso a su alcance para suplir la indigencia bibliográfica que siempre hemos padecido, no da derecho a nadie para tomar provecho de esa circunstancia con el mal propósito de continuar escamoteándole a Maggi su más que merecidísimo acceso al Premio Nacional de Literatura.

Mis argumentos son tres, pero tienen tanto peso que solo se los podría desestimar si se tuvieran otros mejores para contraponerles o, en su defecto, haciendo uso de la muy útil habilidad para ignorar las verdades más obvias, capacidad de que han dado rica muestra muchos de nuestros más importantes  críticos y funcionarios, porque es la única factible cuando se carece de razones verdaderamente válidas y justas. En primer lugar, estos libros de ensayos de Beatriz Maggi, aunque hayan sido concebidos por ella para apoyar las necesidades de su labor como docente, son, en sí mismos y cada uno de ellos, auténticas joyas del ensayo literario, y para aquellos que son (o simulan ser) tardos de entendimiento, repito una vez más que la intención pedagógica no invalida la belleza linguoestilística, la perfección del plano formal y la profundidad de análisis de estas piezas magistrales, valores todos estrictamente pertenecientes al ámbito literario. Todos y cada uno de esos ensayos son literatura antes que cualquier otra cosa, y el Premio Nacional de Literatura corresponde también a los ensayistas, en especial a quienes escriben ensayo literario, y no solo a los narradores de ficción, porque en la clasificación de géneros ya lo dice el nombre: el ensayo literario es ensayo y es literatura, fórmula en equilibrio que solo quien aviesamente quiere ignorar, ignora.

En segundo lugar, se impone el reconocimiento que merece la influencia ejercida por Beatriz sobre la literatura cubana, pues de sus aulas, de su inspirado esfuerzo personal que siempre dejó atrás los meros programas metodológicos y estrechamente academicistas, han salido muchos de los nombres que hoy prestigian a las Letras de nuestro país, entre los cuales se cuenta hasta un Ministro de Cultura. Sus mejores alumnos están hoy entre los intelectuales cubanos con mejor y más sólida formación literaria, dentro y fuera de Cuba. Nuestra deuda con ella es impagable, pero la Literatura cubana aún le debe más. Probablemente, sin su ayuda, algunos de nosotros no habríamos hallado jamás el camino, o lo habríamos hallado demasiado tarde. Beatriz nos preparó para que hiciéramos obras de las que Cuba puede sentirse orgullosa, y gracias a su magisterio, que no fue otra cosa que la transmisión de su personal sensibilidad y amplitud de pensamiento, la estrechez de enfoque no nos hizo sucumbir jamás. Beatriz nos dio alas fuertes, y gracias a esas alas ninguno de sus discípulos ha militado jamás en las filas de los aldeanos vanidosos que creen que el mundo entero es su aldea. Ella contribuyó, no solo con su obra personal, sino a través de nosotros, a abrir para nuestras Letras una ventana hacia lo universal. Mucho hizo y sigue haciendo, aún, desde estas reediciones de su ensayística, para que los cubanos seamos cultos y capaces de discernimiento, y peleemos con tesón contra las falsificaciones del talento y en defensa de una literatura que está entre las más ricas y respetadas del ámbito hispanoamericano.

Y mi tercer argumento: Beatriz Maggi es, con toda probabilidad, la única especialista en el teatro isabelino (y en otros territorios de la literatura y la poesía) que poseemos. Casi me atrevo a apostar que muy pocos, o tal vez nadie entre los miembros de la intelectualidad cubana, ostenta un título de Artium Magistrae, que no confiere, por cierto, ninguna de nuestras universidades nacionales. Muy probablemente ella, entre muy pocos, fue capaz de formar generaciones de intelectuales del modo en que lo hizo y con las herramientas de que se armó. Si una obra como la suya no merece el Premio Nacional de Literatura, entonces yo no sé quién lo merece. Y supongo que también se lo habrían negado a Mirta Aguirre alegando las mismas razones de desempeño académico, ¿o tal vez no…?

Con Rufo Caballero —cuya sabiduría, apoyada por la extensa lista de títulos y honores que hicieron de él uno de nuestros más brillantes trabajadores de la cultura— comenté en varias ocasiones la tamaña y vergonzosa injusticia de haber negado a Maggi el Premio Nacional de Literatura, y los dos, en público y más de una vez, defendimos con firmeza su incuestionable derecho a ese galardón. Otros escritores, cineastas e historiadores también han manifestado su apoyo, aunque de manera más discreta a como lo hicimos Rufo y yo, que compartíamos, seguro, una mayor vehemencia del temperamento.

No sé si quedan hoy intelectuales dispuestos a exigir que se haga justicia a esta mujer de noventa años, quien habiendo entregado a la literatura nacional algunos de los más valiosos y exquisitos ensayos literarios de Hispanoamérica, languidece en una neblina de olvido viendo pasar, año tras año, camino de ese reconocimiento supremo, incluso a figuras que mucho le deben, y a otras que no la igualan en calidad y prestigio, y muchísimo menos en trascendencia para la cultura cubana. Pero aún si yo fuera la única voz dispuesta a alzarse por la candidatura de Beatriz Maggi al Premio Nacional de Literatura, continuaré haciéndolo sin que me desanime clamar en el desierto. Nunca, ni por lo más valioso de este mundo, querría yo pertenecer a la hueste de mezquinos negadores que se interponen en la ruta de la auténtica grandeza.

Para servirme de él como prueba testimonial, he seleccionado, entre cuatro libros y más de cuarenta inspirados ensayos escritos por Beatriz Maggi, uno muy breve dedicado a Rimbaud, de igual título, y que difícilmente podría encerrarse en un formato de conferencia, no solo por su extraordinaria factura estilística, que hace de él un joyel cincelado no con mano de orfebre, sino de artista; pero, además, porque impresiona enseguida el tono reflexivo, casi íntimo, en torno a una cuestión puramente estética que excede abundosamente los requerimientos de una clase de Literatura impartida en un aula de Filología de la Universidad de La Habana. Se trata de un discurrir, en esa tesitura de veladura que matiza la voz cuando el Ser dialoga consigo mismo, o con un poder que lo trasciende y que podría tener la respuesta que inquieta al espíritu. Se trata, nada menos, que de un intento por desentrañar uno de los problemas capitales del Arte, en este caso, enfocado sobre un poemario de Arthur Rimbaud, Iluminaciones: ¿Por qué el poeta eligió para el modelado de su canto la prosa y no el verso? Me pregunto —y tanto me aterra la respuesta que ni siquiera me la concedo— cuántos escritores y poetas que comienzan estos días su andadura en el duro y solitario oficio de la escritura tienen conciencia de que es esta, la elección de la forma, del recipiente, de la vestimenta del significante la cuestión que se halla en el inicio, en la génesis misma del acto creador; que es esta, y no otra, la primera gran decisión que deben tomar un escritor o un poeta cuando se enfrentan a la palabra, su materia primordial. ¿Cuántos profesores eminentes, artistas consagrados, críticos respetables y funcionarios omnipotentes se convierten en estatuas de sal ante ese umbral donde el Todo y la Nada se disputan la consistencia salvífica y, por ende, el porvenir de una obra de arte? Después de la lectura de este ensayo, me pregunto quién, aún, podría mantenerse en la actitud de querer ver en él un texto escrito con el único propósito de apoyar la clase de un profesor universitario. Ni siquiera la falta de cultura, la arrogancia volitiva o la no pertenencia al gremio de los creadores que trabajan con el Verbo podría sostener tamaña distorsión del criterio, que simplemente no tiene dónde atrincherarse contra la absolutamente legítima candidatura de Maggi a ese Premio Nacional, que desde hace tanto se le debió entregar y, cada año, pasa brincando por su lado como un gnomo escurridizo que aterriza en jardines ajenos.

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Artículo de Miguel Sabater sobre Beatriz Maggi

Miguel Sabater, escritor e investigador

En el número de enero-febrero de este año La gaceta de La Habana ha dedicado algunas de sus páginas a la profesora y ensayista Beatriz Maggi.

Leyendo las impresiones personales y valoraciones de Fina García Marruz, Denia García Ronda, Luis Álvarez Álvarez, Lina de Feria y Gina Picart sobre la doctora Maggi, recordé mis años de estudiante de Filología en la Universidad de La Habana, donde fui su alumno.

La profesora Maggi impartía entonces un programa de Literatura que contemplaba los estudios de Dante, Shakespeare, Rabelais, Voltaire, Stendhal y Balzac. Pero yo no tenía idea de aquella mujer cuyo nombre sonaba en cualquier ámbito de la Facultad de Filología.

Por fin apareció en el aula el primer día de clases –febrero de 1981– alta, vestida de blanco, con el cabello y el rostro sin afeites, una carpeta debajo del brazo y sobre unas sandalias que ya habían caminado medio mundo. Subió al     estrado, escribió en la pizarra Literatura General II, se sentó al buró; y desde allí, con voz nasal y parsimoniosa, sin gesticulaciones, solo moviendo alguna que otra vez sus grandes manos, nos fue desgranando el programa de clases, el sistema evaluativo y otros detalles del curso.

Se me pulverizó la imagen de la persona que yo había imaginado. Esperaba encontrar a una de esas nerviosas profesoras de Literatura que dan paseítos por el aula. La Maggi no. Casi siempre sentada al buró; solo empleaba la pizarra para escribir ciertos términos o nombres de autores o títulos.

En sus conferencias usaba las palabras con el tiento que un escultor manipula su cincel sobre la piedra, apoyando sus ideas con imágenes y comparaciones. Su mirada volaba hablando de literatura. De pronto paseaba la vista entre nosotros como para escrutarnos, y si llegaba a mí yo sentía una mezcla de respeto y temor.

Al principio, en sus clases, yo trataba de copiar casi todo lo que la Maggi decía. Después comprendí –quizás por una misteriosa exigencia que imponía su peculiar magisterio– que a ella no solo había que escucharla, había que mirarla, pues a veces un gesto suyo sugería más que su lenguaje figurativo y cartesiano. Su rostro, que siempre me pareció afectado por una fatiga espiritual, a pesar de su humor inteligente, era muy expresivo; sobre todo la boca cuyos labios dibujaban la sonrisa cómplice de la suspicacia o la mueca de rechazo a lo desagradable y repelente.

Difícilmente alguien ha logrado enseñar como ella La Divina Comedia, todo Shakespeare, El Rojo y el Negro o Las ilusiones perdidas. ¿Cómo olvidar el día que nos comentó el modo como Dante, magistralmente sutil, colocó las almas de los amantes Francesca y Paolo a vivir condenados en el Infierno, pero juntos? Ella no imponía criterios personales sobre las obras que debían estudiarse. Orientaba las lecturas y los seminarios llamando la atención sobre aspectos de la obra y su contexto para que, a partir de eso, el alumno se detuviera a analizar. Respetaba la libertad con que el estudiante sostenía sus opiniones; y si dos criterios opuestos sobre un mismo asunto eran razonablemente defendidos, los calificaba de buenos.

Se preocupaba sumamente por que sus alumnos tuvieran en cuenta las circunstancias históricas en que surgían las obras literarias y habían vivido sus autores, sin cuya comprensión era imposible entender la literatura o cualquiera de las manifestaciones artísticas.Cuando estudiábamos el drama Coriolano de Shakespeare, nos ordenó leer el capítulo 23 del primer tomo de El Capital para que pudiéramos comprender el contexto económico del teatro isabelino. Fui al examen sin leer El Capital y me suspendió. Luego revaloricé y volví a suspender. Entonces me puse muy incómodo y le pedí una entrevista. Le pregunté por qué me había suspendido si lo había respondido todo –como si ello garantizara el aprobado–. Y ella, dejando tranquilamente a un lado un grueso libro en francés que andaba leyendo en una butaca del Departamento de Literatura, se quitó con mucha calma los espejuelos y quedó mirándome como si acabara de regresar de un sitio remoto, y luego me dijo:— Usted no tiene la menor idea de lo que trata el capítulo 23 de El Capital.

No se le podía engañar.

Para los exámenes de Maggi había que estudiar lo que se dice de verdad; pero no mediante guías ni interpretaciones de la crítica, aunque esa crítica fuera con la que ella simpatizara. La clave del aprobado consistía en haber leído y razonado las obras, porque sus preguntas –a lo sumo dos o raramente tres– no buscaban respuestas panfletarias ni regodeos por la obra, sino interpretaciones. Además de medir el conocimiento, lo que en rigor Maggi evaluaba era el calado del razonamiento, y si esa intelección era personal y fundamentada, mucho mejor. Por lo tanto yo estaba muy embarcado con ella, porque nunca pude escucharla con la actitud de un estudiante, sino con la romántica avidez de un joven de 20 años que soñaba y moría por ser escritor. Me parecía comprenderla mejor con el corazón que con la cabeza, y este tipo de inteligencia, académicamente con la Maggi , podía ser fatal.

De modo que estuvo dándome la misma nota desde el primer examen del curso hasta el final. Yo escribía Miguel Sabater en la parte superior de la prueba, y ella así al ladito del nombre me ponía el 3. Quedaba así: Miguel Sabater 3, como un segundo apellido.

Había tres o cuatro alumnos muy empeñados que lograban sacarle 5, pero nadie respondía tan al gusto de la Maggi sus exámenes como Gina Picart, que por entonces no era una escritora conocida pero tenía una notable sensibilidad y formación literaria, y sentía por la Maggi una auténtica veneración.

Fue, francamente, una suerte y ni qué decir que un privilegio, haber tenido a Beatriz Maggi como profesora. Sé que es una expresión común, que lo ha dicho mucha gente, pero ¿hay otro modo mejor de agradecerle?

Podía Maggi alguna vez tener un mal momento y dar ciertas respuestas con las que uno quedaba con la cabeza en el piso y los pies hacia arriba –a mí nunca me las dio–, pero eso no empaña su grata memoria. Por el contrario, es parte del aura que acompaña a la leyenda de los grandes.

Después de tantos años y de yo haber sido un alumno poco notable en su clase, Maggi –como yo con respecto al capítulo 23 de El Capital , que nunca leí– no tendrá la más mínima idea de mí. Pero eso no es lo importante.

Doy gracias a Dios por su vida y porque ella haya consagrado esa vida al magisterio, su Magisterio, tan singular como el de Camila Henríquez Ureña, Vicentina Antuña, Elena Calduch o Mirta Aguirre…

Aunque quizás no le guste este tipo de comparaciones por ese modo tan suyo de ser, y sabemos que no la deslumbran medallas ni homenajes y mucho menos los discursos laudatorios, así es como la valoramos hoy, la evocamos en el tiempo y siempre la recordaremos sus alumnos.

Ella nos dio más que la satisfacción de una nota brillante: nos dejó el encanto de sus clases, una singular sabiduría sobre el mundo y el hombre, el respeto sagrado por el idioma y la literatura, y el paradigma de su Magisterio, inolvidable.

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Acumulación vs. enjundia o la necesidad de humanistas en una cultura sana

Publicado el 9 abril, 2014 por ginapicart en el blog Hija del Aire

 Hace un momento, mientras buscaba en Internet materiales que me ayudaran a apoyar mi defensa del derecho de la Dra. Beatriz Maggi al Premio Nacional de Literatura, me ha ocurrido algo que no solo me ha conmocionado, sino que me ha dejado en uno de esos estados que apenas si pueden explicarse, por lo que entrañan de dolor y hasta de obsesión para algunas sensibilidades. Se trata de un artículo del tristemente desaparecido intelectual Rufo Caballero, titulado Beatriz, publicado hace años en el diario Juventud Rebelde con el fin de reseñar la primera selección en que la editorial Letras Cubanas recogió algunos de los magistrales ensayos de Maggi. Rufo termina su texto con estas palabras premonitorias, que aún no se justifican, pero que, por ley natural, algún día se harán realidad:

 Leamos Antología de ensayos con la fruición a que invita, pero leámoslo también con la responsabilidad que supone esta colección sabia. Recorrámosla convencidos de que el día en que Beatriz Maggi no esté, una quebradura indescifrable se habrá abierto para siempre en los surcos de la Isla y su cultura.

 Cuando conocimos en mi casa la prematura muerte de Rufo, mi hija, apenas unas horas más tarde, dijo: “Desde que Rufo no está, parece como si faltara un pedazo grande en el aura de La Habana”. Con esa misma frase, que tomé de ella, cerré la presentación que hice en el Centro Loynaz del libro póstumo de Rufo Seduciendo a un extraño. Yo todavía no me he recobrado del vacío que dejó la muerte del Dr. Mario Rodríguez Alemán en su programa de cine Tanda del Domingo, y conmigo, muchísimos cubanos de mi generación siguen sintiendo su ausencia. Nadie ha vuelto a comentar un filme con la ternura, delicadeza y sensibilidad extremas con que él solía hacerlo.

 Ahora, al comparar estas dos expresiones, la de Rufo sobre Beatriz y la de mi hija sobre el propio Rufo, y percibir la identidad de significado que entrañan, ha vuelto a mi mente, una vez más, la certeza de que hay personas que no solo son imprescindibles, sino insustituibles, porque llevan en sí el espíritu de una época. Y cuando mueren, este espíritu no las sobrevive, sino que se evapora como un perfume al que el viento dispersa lenta, pero implacablemente.

 Cuando hablo del espíritu de una época, no me estoy refiriendo a modas, ni a ideologías, y ni siquiera a acontecimientos memorables, sino a algo mucho más complejo que no estoy segura de ser capaz de conceptualizar: estoy hablando de la potencia de visión holística que tienen algunas personas —tan pocas que pudiéramos emplear el término elegidos— para abarcar el tiempo que les tocó vivir, y para resumir en sí mismas, ya sea en una filosofía personal, en un código ético, un credo religioso o en una actitud ante la cultura, un universo que tiene marca delimitada en tiempo y espacio, y que acaba en ellos, un poco antes o un poco después del comienzo de su ausencia, por alguna oscura ley que los hombres todavía no comprendemos, pero vemos actuar. En estas personas se resume un legado que puede ser de diversa índole, y por lo general, sus vidas, de una forma u otra, han estado dedicadas a trasmitir ese legado. El misterio consiste, precisamente, en que, aún cuando tengan muchos oyentes, muchos seguidores, discípulos, fieles, etc, que parecen asegurar la cadena de transmisión, el código muere con los legatarios o, en el mejor de los casos, pasa la antorcha a otras manos con una mengua en la intensidad de su luz, con menos brillo, alumbra menos y quienes la siguen solo alcanzan a distinguir un breve fragmento en la ruta, que es casi igual a no ver nada. Rufo apenas murió y ya no hay nadie visible con su vigor y plenitud intelectual para producir ideas. Beatriz apenas lleva una década retirada de las aulas y ya no sale de la Facultad de Filología aquel alumno modélico que ella formaba. Ya nadie esculpe sensibilidades ni despliega tan suntuosamente el esplendor humanista de la cultura ante los ojos de un alumnado que lee como poseso, pero piensa trabajosamente sin apoyaturas, y más en términos académicos que propiamente cultos.

 Cada vez la cultura cubana produce más “teóricos” impostados y menos sensibilidades genuinas, más coleccionistas de información y menos pensadores, como tan claramente supo ver Rufo cuando escribió en ese mismo artículo:

 He hablado aquí de cultura; nunca de erudición. La erudición es acumulación, pero la cultura es enjundia. La cultura sabe qué hacer con el conocimiento, en lo que la erudición se entretiene con él.

 Se trata de la capacidad de situar las cosas en su justa perspectiva y envergadura. Ello me hace recordar el cuento de José Martí sobre los ciegos y el elefante, cómo ellos no podían imaginar al paquidermo en su forma absoluta y total porque solo se guiaban por la información que les trasmitía la parte del cuerpo del animal que podían tocar con sus manos. Esa ceguera metafórica se llama percepción fragmentaria, y es lo único que logran quienes no consiguen una integración verdaderamente orgánica del conocimiento hasta lograr una autotelia del pensamiento; aquellos que nunca llegan a dar el salto que separa a la erudición de la cultura, a la acumulación de la enjundia.

 Es por eso que para que una cultura no sufra procesos severos de empobrecimiento, para que nunca se pierda la memoria que permite a los hombres comprender el mundo hasta sus últimas consecuencias, necesita humanistas. Y esta necesidad es tan real, tan visceral, que puede llegar a sentirse bajo la forma casi táctil de un vacío que causa desconcierto, dolor y una alarmante sensación de confusión. Cuando una cultura pierde a sus humanistas proliferan en ella formas falsarias del arte, del conocimiento y del talento. Y cuando estas formas crecen y comienzan su brutal, pero robusta expansión, cuando se imponen y se tornan modélicas, esa cultura está enferma, en fase terminal, o si se prefiere, en crisis total.

 La falta de humanistas en un panorama cultural debería ser una señal de alarma suprema para quienes realmente se interesan por la salud de una cultura. El maltrato, la incomprensión y el aislamiento de los humanistas (en la forma universal del olvido o en su variante cubiche, el ninguneo) es un pecado de lesa cultura, y como la cultura es consustancial con la existencia de la sociedad, que es la forma más elevada de organización conocida por la Humanidad, entonces, cuando permitimos que una cultura pierda sus humanistas y no damos la menos importancia a la falta de ellos ni potenciamos su formación con las debidas herramientas, estamos ante un crimen de lesa humanidad.

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Beatriz Maggi: para escuchar los silencios en pugna

por Luis Álvarez Álvarez. Tomado de http://www.cubaliteraria.com/articuloc.php?idarticulo=8971&idcolumna=32

 22 de septiembre de 2008

En “Problemática de la actual novela latinoamericana”, Alejo Carpentier perfiló, con agudeza característica, uno de los rasgos distintivos de nuestra cultura, mestiza en un sentido tan esencial. Me refiero al multifacetismo y la voluntad integradora de la cultura de América Latina. Afirmaba Carpentier en dicho ensayo: «Charles Péguy se jactó, en cierta ocasión, de no haber leído jamás a un autor que no fuese francés. Podía decirlo Charles Péguy: la literatura francesa basta para alimentar, con una aportación de siglos, a quien quiera permanecer en su órbita sin salir de ella. Pero la posición del hombre latinoamericano le veda semejante exclusivismo intelectual».1 Esto equivale a proclamar que la inextricable mezcla americana no es un accidente de pigmentación o de fisonomía de la comunicación por la cultura: antes bien, se trata de una estructura profunda de nuestro devenir en tanto región humana. Ello significa que, en buenas cuentas, aunque lo latinoamericano no se reduce a lo europeo, esta raíz, en clara ley de Pero Grullo, tampoco puede serle mecánicamente amputada, pues se trata, en efecto, de una esencia radical, enclavada en nutrimentos que modelan, para siempre, el telurismo con que el latinoamericano se asoma.  Una y otra vez, mentes alertas en nuestros países han señalado ese carácter de entraña. Más allá de cualquier reflexión teórica, el devenir estricto de la creación intelectual en América ha venido constatando ese carácter de entidad con múltiples raíces —de mayor y menor penetración— las cuales han tenido, a lo largo de los siglos de gestación iberoamericana, resonancias semánticas plurales  (por su conexión nutricia al humus cultural, pero también por su sesgo democrático tajante a lo largo de las más diversas épocas), incluso, durante el fragor de la Conquista, en que las Cartas de relación de Cortés fueron escritas, a la vez, con una mano que tanteaba, con azoro y apetito, los esplendores aztecas, mientras con la otra apuntaba hacia una tosca, pero perceptible, gallardía renacentista. Esta tendencia a la integración, lejos de encharcarse en un estéril ensimismamiento centrípeto —paralelo del narcisismo estéril de que se jactaba el Péguy aludido por Carpentier— no ha hecho sino afirmarse en América con el paso de los siglos.

Así, en 1874, un latinoamericano en plena juventud, y con años ya de compromiso político con la independencia de Cuba y Puerto Rico, publicaba su primer y más importante estudio literario. Martí admiró a este contemporáneo suyo, a quien trató personalmente en Estados Unidos y con el cual compartió muchos principios latinoamericanistas,  hasta el punto de haberlo descrito como un intelecto de ejemplar equilibrio: «[…] imaginativo, porque es americano, templa los fuegos ardientes de su fantasía de isleño en el estudio de las más hondas cuestiones de principios, por él habladas con el matemático idioma alemán, más claro que otro alguno, oscuro sólo para los que no son capaces de entenderlo».2 Es que tenían muchos puntos de confluencia espiritual: como Martí, y más directamente, tal vez, que él, se había acercado al krausismo en su peculiar variante madrileña; como el prohombre cubano, alcanzó pronto una firme estatura republicana e independentista, que le valió un prestigio continental. Ese primer estudio literario de Eugenio María de Hostos, en confirmación de las peculiaridades de nuestra cultura, desarrolla su personal interpretación sobre Hamlet. ¿Qué lleva al revolucionario puertorriqueño a un estudio shakesperiano? Desde luego, basta con abrir ese ensayo, todavía hoy impactante, para percibir el ángulo —tan latinoamericano— de su perspectiva: «Vamos a asistir a una revolución. Hamlet es una revolución».3 Toda su interpretación crítica de la enorme tragedia de Shakespeare, trasluce una volcadura esencial de su preocupación por América, a partir de una perspectiva del desarrollo social: «Cada progreso es consecuencia de una revolución en una idea o en un afecto de la humanidad. Cada revolución es el conato de un progreso en los afectos en las ideas de los hombres»4. He aquí que la fascinación tangible de Hostos por la obra monumental de Shakespeare, no lo distrae de su radical pertenencia a la cultura propia. Este caso, y tantos otros —de Martí a Borges, de Gutiérrez Nájera y Darío, a Lezama y Octavio Paz— consignan una constante humanista de la América híbrida: la integración de la perspectiva —la borgiana obsesión del aleph— que, buscando una proximidad definitoria de lo americano propio, hace confluir en nuestro paisaje la multiplicidad cultural del mundo.

Para dar cuenta de la persistencia de semejante perspectiva integradora como rasgo del humanismo latinoamericano y, en particular, cubano, aparece este año un libro de ensayos —Antología, de Beatriz Maggi— que responde a una voluntad de escucha y diálogo intercultural, una indoblegable aspiración de diálogo con el entorno propio, manifiesta no solamente en la reiterada alusión a esa juventud receptora que, desde Félix Varela hasta José Enrique Rodó, tejen una red de legados diversos a través de toda la región iberoamericana, sino también en un emulsionado conjunto de matices, que macera sugerencias de recepción. A su manera personal y su estatura propia, Beatriz Maggi, en su Antología de ensayos establece un espacio de comunicación ilustrada, ámbito de resonancias que, generadas por una lectura ensimismada de textos diversos —europeos, norteamericanos— se condensa en un coloquio profundamente cubano y continental.

¿Qué nexos concordantes hay, que han permitido a su autora reunirlos en este libro singular, entre Shakespeare y Emily Dickinson, entre Stendhal y Mark Twain, entre Dante y Dostoyevski? Sería muy simplista pensar que los vasos comunicantes tendrían como base compartida la estatura artística de los temas de meditación. Ni aunque se prescinda de sospechosas pautas discriminatorias, resultaría sencillo asociar entre sí, en jerarquizada recensión literaria, a voces de tan diversa taracea cultural. La coherencia profunda de este libro, sin embargo, se cimenta sobre la perspectiva crítica de la autora, incluso, con más fuerza que sobre el intenso timbre de su estilo personal.

Antología, en realidad, más que reunir una serie de ensayos diversos, dibuja una trayectoria de reflexión sobre los avatares —el drama, como alguna vez lo ha denominado Beatriz Maggi— de la lectura, que en la autora se conciben como una imantación de carácter axiológico y, también, vital. Tanto o más que en una incisiva interpretación de obras de arte—poesía, teatro, novela, panfleto— Antología  consiste en una indagación de modos de humanidad que, en la percepción ensimismada, intensa y, por momentos, angustiada de Beatriz Maggi, tienen que ver directamente —sea cual fuere su latitud de proveniencia— con nuestra más quemante inmediatez. Estos ensayos se tensan en una voluntad que, en la crítica, pocas veces adquiere un empecinamiento tan concentrado: se aspira no solo a desentrañar significados potencialmente presentes en los objetos de lectura, sino también, y ante todo, a dialogar con ellos, de modo que cada uno de estos ensayos, más allá de iluminar ángulos y modulaciones de Shakespeare o Stendhal, Mark Twain o Dostoyevski, se proyectan a una finalidad más estremecida y, por lo mismo, palpablemente atormentada: la expresión de un modo propio de concebir no ya el hecho literario en sí mismo, sino el proceso palpitante, devorador, por momentos anonadante, de experimentar la lectura como experiencia. Tanto o más que en el ejercicio hermenéutico en sí mismo, la autora se obstina en ir más allá de la sustancia sígnica misma de esos textos que hace suyos, a pesar de su distante latitud, en la medida en que su dialogar con ellos se produce desde su propia percepción de humanista de tierra mestiza. Tal obsesión la impulsa a desafiar, en particular, los silencios, ya sean esas sordinas stendhalianas, destinadas a construir imágenes que — advierte la ensayista— carecen de visualidad, y se despojan incluso de toda palabra superflua; ya sean, también, los enormes espacios de ambigüedad que entretejen las peripecias dramáticas en Shakespeare, la ira demoledora de Swift, la ansiedad moral de Dostoievski. Esos meandros de aparente mutismo en los autores comentados en Antología, se convierten en espacio que la perspectiva de la ensayista transita no para diseñar una mera interpretación filológica, sino para constatar su dinamismo interno, la torturada indagación en que obra y lectora confluyen. Así, Huckleberry Finn resulta comentado no ya en su peripecia humorística y sonriente, sino en la no siempre percibida interiorización del ser, donde el pequeño vagabundo de una cultura ajena,  se nos transfigura, y, en esa transmutación ejercida por la autora, llega a revelarse, junto a ese inesperado, pero hirviente relumbre shakesperiano que advierte Beatriz Maggi —el niño sureño que se enfrenta y vence el dilema profundo de Ariel y Calibán— una percepción muy especial de cómo el mejor lector latinoamericano, a diferencia de la actitud de que se jactara Péguy,  aspira siempre a una lectura para sí, a una conquista de valores y experiencias desde y para nuestra cultura.

De esos silencios que la autora emplaza en su magnética Antología, de esas difuminaciones semánticas en las que se detiene, se deriva una percepción especial de la lectura en nuestras tierras, donde quien se asoma a un libro de fuste levantado, lo hace como pedía Hostos frente a Hamlet: como quien se encara a una transformación posible, arrasadora, de sí mismo y de su propio entorno.

  1. Alejo Carpentier: Ensayos. Ed. Letras Cubanas. La Habana, 1984,  pp. 20-21.
  2. José Martí: Obras completas. Ed. Ciencias Sociales. La Habana, 1975, t. 8, p. 53.
  3. Eugenio María de Hostos: Moral social. Hamlet. Ediciones Jackson. Colección Panamericana. Buenos Aires, 1943, p. 275.
  4. Ibídem
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Beatriz Maggi, una shakespearóloga cubana en el ámbito internacional

Leonardo Depestre Catony, 28 de febrero de 2014

A propósito de su cumpleaños 90

Confieso que voy a escribir este comentario no sin cierta pasión: fui alumno de la doctora Beatriz Maggi casi cuatro décadas atrás. Desconocía entonces su obra, yo era muy joven y aún así su magisterio me estremeció: sin levantar la voz conseguía la atención de un auditorio absorto en sus palabras (¡qué maravilla eran sus clases sobre el teatro isabelino!), alta era su estatura y elevado su saber, se le podía interrumpir, escuchaba las preguntas y fomentaba la discusión, durante los exámenes autorizaba consultar libros y demás materiales docentes: sabía distinguir entre la autenticidad y el calco, tampoco era dura al calificar, su profesión era enseñar.

En cierta ocasión tuve el honor de recibir un elogio de ella, que me llegó de manera indirecta, a través del delegado del aula, pero solo después comprendí el privilegio de haber sido su alumno de Literatura Inglesa. Y saldo ahora una deuda de gratitud que no es tanto con ella, sino con mi conciencia, pues la Maggi —así la nombrábamos— es una de las leyendas más perdurables de la Escuela de Letras de la Universidad de La Habana.

Lo que representó para muchos de nosotros el magisterio de la profesora se resume en estas palabras que la también eximia profesora y ensayista Graziella Pogolotti pronunció en ocasión de conferírsele la Distinción Por la Cultura Nacional:

“Beatriz Maggi ha venido descubriendo en varias generaciones de estudiantes la capacidad de leer la Literatura, de desarrollar una sensibilidad, una inteligencia, y, sobre todo, de pensar, de plantearse problemas. Así los ha educado e instruido para la vida”.

También ha recibido otras distinciones: el Premio Nacional de la Crítica (más de una vez) y la medalla Rafael María de Mendive, que es premio mayor a la excelencia profesoral.

Más allá de estos apuntes tan personales, queda otra Beatriz Maggi, la ensayista, la shakespearóloga cubana cuyo nombre se honra cuando se habla de literatura inglesa y norteamericana en estas tierras hispanohablantes, y posiblemente también en otras que no lo son.

De su fecha de nacimiento —el 27 de febrero de 1924, en el antiguo central Chaparra, de la provincia de Santiago de Cuba— y de su ascendencia venezolana por el padre y española por la madre, he sabido hace poco, por las fichas biográficas que de ella se incluyen en las enciclopedias. Allí leo además que es doctora en Filosofía y Letras (Universidad de La Habana), Máster en Literatura inglesa y norteamericana (Wellesley College, Massachusetts) y doctora en Ciencias Filológicas (Universidad de La Habana).

Ya está retirada, pero enseñó a varias generaciones de estudiantes. Y ahí están sus libros, motivo de estos comentarios, o al menos, lo que lo justifican. He aquí algunos títulos: Panfleto y Literatura(1982), El cambio histórico en William Shakespeare (1985), El pequeño drama de la lectura (1988),La voz de la escritura (1997), publicados todos a través de la Editorial Letras Cubanas; también De la Corte a la taberna, Antología. Selección y prólogo de Fabio Murrieta, publicado en el exterior  (Editorial Aduana Vieja, 2005).

Su producción impresa, observará el lector, no es abundante, lo cual se explica por una cualidad más de la Maggi: la enorme responsabilidad con que asume su trabajo literario, la autoexigencia y el respeto por el ejercicio del conocimiento.

Así escribe Beatriz Maggi:

“El escritor, como el científico de cualquier rama, como el filósofo, es un hombre que realiza la función de apresar en palabras los contenidos del mundo. En su conciencia se refleja, de una personal manera, el universo en que se halla inmerso, y él confía a las palabras la misión de entregar a sus contemporáneos y a la posteridad esa visión suya”. (En “La palabra y la enseñanza de la Literatura”, El pequeño drama de la lectura, Editorial Letras Cubanas, 1988, p. 187)

Prólogos, introducciones, estudios sobre figuras de la literatura universal, traducciones al español de autores de habla inglesa y desempeños como jurado atestiguan el intenso quehacer  de Beatriz Maggi en la cultura cubana, más allá del ejercicio del magisterio, o mejor dicho, a manera de complemento de este. Súmese su condición de conferencista en centros universitarios de la antigua Europa Oriental  y Norteamérica.

Beatriz Maggi —cuya celebridad me permito enfatizar aquí— es una ilustre representante de la cultura cubana. No de las más llevadas y traídas, aunque sí de las más auténticas. Nuestro humilde saludo y felicitación para ella.

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BEATRIZ MAGGI Y SU ANTOLOGÍA DE ENSAYOS

 Josefina Suarez Serrano

La ANTOLOGÍA DE ENSAYOS (2008) de Beatriz Maggi presenta una rigurosa selección de los ensayos

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reunidos en los cuatro libros que publicara con anterioridad: Panfleto y literatura (1982), El cambio histórico en William Shakespeare (1985) y El pequeño drama de la lectura (1988), (Premios de la Crítica los dos últimos), y  La voz de la escritura (1997), aparecidos todos con el sello de la Editorial Letras Cubanas.  La antología incluye también, en menor medida, textos inéditos escritos en años recientes, que dan fe su persistente vitalidad creadora.

Generados a partir de coyunturas, circunstancias y demandas diversas, los ensayos  difieren por su  extensión y temática, pero  son igualmente  brillantes expresiones de su escritura, que en muchos casos, alcanzan la categoría de obras maestras del género

Algo intrínseco les confiere un carácter único, dotándolos de una inconfundible identidad: el sello de la fuerte personalidad intelectual y artística de Beatriz Maggi., impreso, integralmente, en toda su obra.

Poseedora de un estilo propio y autora de textos memorables por la profundad del calado, la integridad de la visión y concepción, la originalidad y permanente juventud de la mirada irreverente, siempre temeraria y veraz; tan ajena a bombos y autobombos como a los snobismos, ella ha rechazado los estereotipos y las modas, prescindiendo  de las palabras tópicos  con pretensión categorial que son el santo y seña de los presuntamente actualizados.

El lenguaje de Maggi, personalísimo, poético, profundo, riguroso, apasionado e incisivo, resulta verdaderamente eficaz y temible en la polémica. (con el poder de demoler en forma  contundente, argumentada y exhaustiva).

Hasta 1982 en que aparece su primer libro, Panfleto y literatura,  sus publicaciones fueron escasas y se encontraban, por lo  general, dispersas en las páginas de periódicos y revistas. Sus dos siguientes libros, El cambio histórico en William Shakespeare (1985) y El pequeño drama de la lectura (1988), obtendrían  Premios de la Crítica.

El hecho de que su  obra literaria  haya aparecido   tardíamente en forma de libro tiene sin duda explicaciones que se remiten en gran medida a la personalidad de la escritora, pero también a las peculiaridades del medio donde  actuaba como profesora. Y es que en las décadas de 1960 y 1970  Beatriz Maggi no mostró interés personal por la publicación de libros suyos porque no ha   considerado nunca que el centro de su actividad creadora radicara en la escritura. La dominaba la vocación docente, y se realizaba plenamente en la práctica de su quehacer profesoral. Promociones sucesivas de alumnos universitarios pueden atestiguar (porque la experiencia de haber pasado por sus aulas resulta inolvidable), la medida en que desarrollaba con eficacia incomparable, el discurso, que revelaba la belleza, sentido y significados del texto literario al que se refería, transfigurado por el tono, las inflexiones de la voz, y la mirada, el magnetismo de su personalidad, y su incisiva mayéutica.  Los artículos y ensayos publicados sucesivamente por ella en el curso de casi medio siglo  de actividad una profesoral inusitadamente creadora fueron, en gran medida, generados en ese caldo de cultivo.

Una clave fundamental para la comprensión de su escritura nos  remite a la correlación entre ensayista y texto literario. Porque resulta que ya sea esta problemática abordada como asunto de una exposición docente, o lo sea en cuanto contenido de un escrito, es evidente que para Maggi la literatura es vida, componente esencial de la propia existencia; se trata de una relación vital que establece con el texto literario y sus criaturas.

Beatriz Maggi se precia de ser solamente “una lectora”; nos dice que no suele “pensar sistemáticamente ni con propósitos académicos, sino en meandros de intuición”. Para alcanzar una cabal comprensión del Quijote, de Sancho o de Falstaff, le basta el texto literario: le basta  “sólo escucharlos en las voces mentales de la escritura. (…)”. (“Falstaff y Sancho Panza”).

En el contexto del singularisimo proceso de creación de la autora, -e independientemente  de su incontestable  dominio sobre las fuentes críticas y especializadas de la temática de que se trate-, Beatriz Maggi tiende de manera dominante a depender del saldo que arroje su lecturapersonal del texto literario; prefiere descifrar por sí misma las claves del autor o la obra. O sea, escuchar la voz de la escritura de manera inmediata, a la vez intuitiva y racionalmente, en una aprehensión estética en la que no media el resultado de otras lecturas, ni el juicio de otros críticos. Este procedimiento caracteriza fundamentalmente sus acercamientos a la POESÍA, (y es bueno tener en cuenta que para la autora, la “gestión ensayística” resulta siempre “impotente” frente a la Poesía—; que para aprehender verdaderamente su esencia, habría que ser poeta, o estar “a punto” de serlo. Y ella se sitúa entre esos críticos que no han pasado de estar  “a punto” de hacer poesía.. Su brillante ensayo  sobre Emily Dickinson, por ejemplo, tiene un inmediatez y una cercanía que denota el conocimiento casi por contacto por simpatía, por empatía: por comunicación intemporal y certera.

La aparición en 2008 de la ANTOLOGÍA DE ENSAYOS de Beatriz Maggi puso finalmente en los críticos y estudiosos del patio ante la relegada cuestión del  lugar que debemos acreditar a la escritora  dentrode la ensayística y la literatura cubana contemporánea, y  aún dentro de la ensayística en lengua española.    Me satisface pensar que en el momento actual su obra ha alcanzado finalmente el reconocimiento de su relevancia excepcional; la ha refrendado sutil y hondamente de Fina García Marruz; lo han hecho Cintio Vitier, Roberto Fernández Retamar y Luís Álvarez Álvarez, y –en la presentación de la Antología-, Rufo Caballero, Arturo Arango y Alfredo Prieto. Comienza, en fin,   a crearse un consenso crítico que le reconoce un lugar entre los mayores ensayistas que ha dado la  literatura  cubana.

La creatividad de la autora está lejos de haberse agotado. La Antología incluye varios textos escritos en el presente siglo. Y, a pesar de sus achaques , de sus berrinches y  de las guerritas justas que nunca deja de librar, prevé escribir  antes de que termine el 2009 tres nuevos ensayos, que según ella, serán los últimos. Yo confío en que producirá  todavía muchos otros, y que en definitivas,  habrá  Maggi para un largo trecho.